El inmigrante extraordinario

ANTONIO IZQUIERDO

Catedrático de Sociología

Las políticas construyen estereotipos inmigratorios que las encuestas miden. Y las preguntas de los sondeos suelen reforzar esas simplificaciones que los investigadores se dedican a rebatir, sobre todo cuando son negativos. Cada periodo levanta su estereotipo y en nuestra corta historia
inmigratoria ya tenemos tres. Primero fue la inundación migratoria, luego vino el trabajador beneficioso y, ahora, estamos en la época del abusón del Estado del bienestar.
Hace ya dos décadas, una buena porción de encuestados respondía que los inmigrantes eran demasiados. Y como esa inundación no se correspondía con los registros estadísticos, los investigadores nos afanábamos por llevarle la contraria a la opinión pública. Convenimos que el chorro de imágenes televisivas, la visibilidad de los forasteros y su concentración urbana eran los factores que agrandaban la percepción. De modo que las estadísticas no mentían, pero la vista tampoco.
Al despuntar este siglo, las políticas construían la figura del trabajador beneficioso. La mano de obra inmigrante desempeñaba trabajos no queridos, alzaba socialmente al autóctono y le aseguraba la pensión. Pero esa imagen ha pinchado con la destrucción del empleo y ahora se apunta a que las ganancias extraídas de su explotación, con frecuencia irregular, fueron y son privadas, mientras que los costes de su permanencia se socializan.
En la crisis despunta el mito del abusón de los servicios de bienestar que, además, deteriora la educación y la sanidad. Es lo que el estudio publicado por La Caixa sobre Inmigración y Estado de Bienestar en España denomina los “usurpadores” de recursos públicos. Y resulta que la investigación demuestra que no es así, que los inmigrantes no hacen un uso intensivo de los sistemas de protección social y, además, se hallan subrepresentados en ellos. La explicación es que son jóvenes y no ciudadanos, es decir, tienen menos necesidades y están discriminados.
Combatiendo los simplismos al uso estamos creando, sin querer, otro estereotipo, el del inmigrante extraordinario. Aquel que sólo produce beneficios, no envejece, ni enferma, pero renuncia a la protección por desempleo y a la beca educativa. Personas, en fin, que no son como las demás.