No es economía, sino ideología

JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO

Economista

Si algo le falta a la política económica en la actual crisis es coherencia. El comportamiento de los gobiernos ha estado regido por ocurrencias, muchas veces contradictorias; se camina a bandazos. A este respecto los organismos internacionales se llevan la palma. La Comisión Europea ha salido dando recomendaciones que, desde la óptica de la teoría económica, no pueden ser más disparatadas, por lo que cabe concluir que su posición obedece tan solo al adoctrinamiento ideológico. A España le aconsejan reducir las cotizaciones sociales, lo que no resulta muy consecuente tras afirmar meses atrás que había que modificar el sistema público de pensiones porque no era financiable. Bien es cierto que siempre se puede modificar de nuevo para reducir, también de nuevo y poco después, las cotizaciones sociales.
La Comisión no muestra demasiada preocupación por la viabilidad de las pensiones, pero sí por el déficit público, razón por la cual se ve en la obligación de sugerir vías alternativas de ingresos que compensen la disminución de las cotizaciones sociales. Desde luego, no se recurre a ningún impuesto directo y progresivo, sino al IVA y a la energía eléctrica, lo que resulta incongruente. Tales medidas afectarán negativamente a la demanda, que es lo último que necesita la economía española para reactivarse. No es factible que los empresarios inviertan y contraten personal si no aumenta la demanda, por mucho que se reduzcan las cargas sociales; simplemente aumentarían sus beneficios. Pero es que, a lo mejor –o a lo peor–, es lo que se pretende, ya que lo único cierto de las recomendaciones de la Comisión es que se transferirán rentas de la mayoría de los ciudadanos, es decir, de los trabajadores, a los empresarios. Y si de ganar competitividad se trata, nada mejor que modificar la política del BCE para que el euro se deprecie o, al menos, no continúe apreciándose frente al dólar. La pretensión de ganar competitividad frente a otros países reduciendo los costes laborales acaba siendo un puro espejismo, porque es de esperar que los demás países reaccionen de la misma manera. No se habrá conseguido nada. Bueno, sí, que los empresarios ganen más dinero y los trabajadores vivan peor.