El estigma se hereda

ANTONIO IZQUIERDO

Catedrático de Sociología

Llevamos un cuarto de siglo de inmigración y aún no tenemos un grupo de inmigrantes exitoso. Ciertamente hay inmigrantes de clase media salpicados aquí y allá, pero no como grupo diferenciado en el imaginario colectivo. La idea que domina es que los inmigrantes, todos y revueltos, son inferiores y por eso ocupan un lugar subalterno en la jerarquía social. Y eso, cuando llevamos ya una generación desde la inmigración, es
preocupante. Porque si esa percepción se afianza, lo que va a ocurrir es que la primera generación se encerrará, sus hijos se desilusionarán y todos habremos perdido.
Piense el lector en las tres comunidades más numerosas y verá que, por unos u otros motivos y prejuicios, las tres están mal consideradas. Ni los rumanos (861.000) que son comunitarios, ni los marroquíes (809.000) que necesitan una década para naturalizarse, ni siquiera los ecuatorianos (411.000) que hablan español y pueden votar alcaldes, han conseguido una imagen de grupo que alcance un cierto éxito. Algunos dirán que es cuestión de tiempo, pero sostenemos que analizar y educar la percepción puede acortar la espera. Así pues, ¿cuáles son las razones que abonan esa imagen negativa y generalizada?
Desde luego una de ellas y no la menor es que fueron presentados como mano de obra descualificada, cuando no ilegal, y eso ha menoscabado la percepción de sus capacidades. Además, está el hecho de su fuerza demográfica y de su densidad residencial que disipa la ilusión de que su estancia es temporal. Y por último, su creciente visibilidad como grupos étnicos con costumbres y personalidad que demanda reconocimiento. En otras palabras, el cepo del nicho laboral, la desvalorización debida a su concentración en la escuela pública y el menosprecio cultural son datos que alimentan la imagen de inferioridad.
Pero el estigma se hereda y tiene un alto precio económico y social. Porque cuando la imagen de un grupo es positiva, todos los miembros se esfuerzan por mantenerla, pero cuando se les discrimina, resurge la etnicidad negativa que bloquea los resultados educativos y la promoción social de los descendientes. Es hora de romper el corsé y pensar en que el estigma retrasa el éxito.