El calavario griego traerá cola

JOSÉ MANUEL NAREDO

Economista y estadístico

El problema de Grecia y de los países “periféricos” del euro es que encuentran dificultades para financiar –como hasta hace poco venían haciendo, con el beneplácito de la UE– su déficit exterior corriente en los mercados de capitales.
El déficit exterior corriente (el que resulta de saldar el intercambio de bienes, servicios y transferencias) alcanzó el récord mundial en España y Grecia al superar el 10% del PIB. A diferencia de Grecia, España pudo financiar este déficit sin recurrir a la deuda pública, al atraer capitales del mundo ofreciendo acciones, títulos hipotecarios, bonos, etcétera, o, pura y simplemente, recibiendo depósitos del exterior en las sucursales de sus bancos, como Suiza o Estados Unidos. Sólo al final, cuando los mercados financieros internacionales se mostraron reticentes a admitir los títulos y a financiar la deuda privada española, las emisiones de deuda y avales públicos ocuparon el relevo. Y justo en ese momento, la UE, capitaneada por Alemania, desautorizó este tipo de prácticas, invitando a todos los países del euro a convertir en superávit su déficit exterior corriente sin devaluar la moneda, sino deprimiendo los ingresos y los precios de los países, para hacer más competitivas sus exportaciones.
Sin embargo, el sesgo de los “recortes” aplicados no ayuda a mejorar su competitividad, porque no recaen directamente sobre los precios y los márgenes empresariales, sino sobre salarios y gastos sociales, que se situaban ya bien por debajo de la media de la UE de los 27. De esta manera, aunque Grecia y España “hicieron sus deberes” recortando y privatizando, no han equilibrado su déficit exterior corriente, sólo lo han rebajado, por lo que su endeudamiento externo ha seguido y seguirá aumentando y, ya hundidos en la depresión, empujándolos fuera del euro.
¿Por qué tanto empeño en seguir infligiendo daños sociales de tan dudoso resultado en vez de devaluar el euro y avanzar en la integración solidaria de los países? Porque los recortes practicados gozan del beneplácito de la patronal, mientras que la devaluación y la mayor integración recortaría también el poder de compra de los ricos y rebajaría la capacidad de “creación de valor” bursátil de las empresas transnacionales.