La política y el político: competición y dilemas

Pere Vilanova

Catedrático de Políticas

Pues sí, todavía hay política para rato, es decir, para siempre. Las reacciones al discurso de Rubalcaba del pasado sábado son buena prueba de ello. Para un académico, sector ciencias sociales, resulta siempre interesante el siguiente experimento, en clase, con estudiantes de primer año de Ciencias Políticas o de Sociología (los de cursos superiores lógicamente ya conocen la materia de modo más matizado y diverso): “define en menos de una línea el concepto política, del modo que incluya la mayor cantidad de significados posibles”. La primera reacción suele ser de cierta sorpresa, pues descubren que explicar en menos de una línea algo aparentemente tan obvio y sobreutilizado como la palabra política es una tarea de cierta dificultad. Unos se inclinan por la línea de “es la defensa del interés general”, otros apuntan más bien a “es la gestión de los asuntos públicos”, otros van más a la greña y despotrican (curiosamente) no de la política, sino de los políticos, como si aquella fuera una cosa demasiado seria para dejarla sólo en manos de estos.
Pocos apuntan al núcleo duro de la cuestión: es la competición por el poder. Que dicha competición esté sujeta a normas y reglas aceptadas socialmente (leyes, Constitución, elecciones) o esté sujeta a procesos más desregulados, incluso violentos, son toda la diferencia entre, pongamos por caso, las elecciones en España o Portugal y lo que ha pasado desde 1973 hasta enero pasado en Sudán del Sur, nuevo Estado recién estrenado.
Pero lo que hizo Rubalcaba el sábado es entrar en (otra fase de) la competición. Y ahí entra en un terreno lleno de dilemas, que algunos medios y analistas ya han puesto sobre la mesa. Si lleva en el Gobierno tantos años, ¿por qué no ha puesto en marcha estas propuestas antes? En realidad la pregunta es otra: ¿cómo piensa poder hacer lo que propone? Y ahí la respuesta nos concierne a todos, porque lo que plantea sólo se puede ir haciendo (o intentando) desde el espacio de lo público, desde las instituciones, desde el Derecho. Pero las ocho o nueve propuestas más llamativas, imprescindibles más que atractivas, no sé si van a impresionar mucho a los mercados y las agencias de calificación. Es cosa de todos (líderes, partidos, instituciones y ciudadanía) que así sea.