Muro fuerte y grueso

JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO

Economista

Cabían pocas dudas de que los jefes de Estado y de Gobierno alcanzarían un acuerdo en Bruselas. La situación había llegado al límite y los intereses que apuestan por la Unión Monetaria (UM) son muy fuertes. Sin embargo, está fuera de lugar el triunfalismo con el que se ha presentado, como si se hubiera dado una solución definitiva al problema. Es cierto que determinado tipo de medidas –por ejemplo, que el actual Fondo Europeo de Estabilidad Financiera pueda intervenir en el mercado comprando deuda de los países que estén siendo objeto de ataques especulativos– son positivas, pero el resultado conseguido está muy lejos de ser ese muro fuerte y grueso que pueda salvar la eurozona. En todo caso, lo único que quizás se logre es ganar tiempo y, en el mejor de los casos, alejar las turbulencias financieras durante algunos meses. Pero antes o después retornarán. Las contradicciones internas permanecen. El problema de los países periféricos es de crecimiento, y difícilmente va a superarse teniendo el mismo tipo de cambio que Alemania. Los líderes europeos deberían recordar lo que ocurrió a principios de los noventa con el Sistema Monetario Europeo (SME). La lira y la libra tuvieron que abandonarlo, la peseta se devaluó varias veces y la tranquilidad no volvió a los mercados mientras no saltó por los aires, ampliando las bandas al ±15%, que equivalía a dejar las monedas en libre flotación.
Sarkozy, que es muy hábil en dar titulares, manifestó que la UM se ha dotado de un Fondo Monetario Europeo. Hay que suponer que tenía en mente Bretton Woods y las funciones asumidas entonces por el FMI (nada que ver con las que ostenta en la actualidad). Olvida, no obstante, dos aspectos sustanciales que diferencian aquel sistema del construido en la UM. El sistema monetario allí creado era de tipos fijos pero ajustables, en la eurozona los tipos se establecieron, según se ha dicho, “para toda la eternidad”. El segundo es que en Bretton Woods no existía la libre circulación de capitales y a los países miembros no se les privaba de la política de control de cambios. Europa, por el contrario, quiere cuadrar el círculo, permitir la total libertad en los mercados financieros y fijar luego de manera inamovible el tipo de cambio.