La sociedad de la ignorancia

Miguel Ángel Quintanilla Fisac
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Desde Sócrates sabemos que la esencia de la sabiduría reside en el reconocimiento de nuestra ignorancia: “solo sé que no sé nada”, decía el sabio. Karl Popper, uno de los filósofos más originales del siglo XX, hizo de ello la piedra angular de su filosofía racionalista y crítica: puesto que nunca accedemos a la verdad completa, siempre hay algo de insuficiente (de falso) que contamina todos nuestros conocimientos más avanzados. Así que, cada vez que ensanchamos los límites de nuestro conocimiento, hacemos que crezca más aún el mar de nuestra ignorancia.

El razonamiento es excesivamente abstracto para los módulos actuales del pensamiento crítico (2.300 caracteres en esta sección, 140 en Twitter). Pero merece la pena el esfuerzo. Pensemos que políticos, intelectuales (los que quedan) y expertos en mil intríngulis nos pasamos la vida hablando de las excelencias de la sociedad del conocimiento. Pero casi nadie piensa en su otra cara: La sociedad de la ignorancia. Hay excepciones, como la del reciente libro colectivo de Ediciones Península con ese título, que es una lúcida invitación a la reflexión sobre el tema.

Cuando asumimos que la sociedad del conocimiento es el paradigma de la economía actual, estamos reconociendo que la fuente más importante de riqueza en nuestro sistema productivo es el aumento del conocimiento. Pero si cuando aumentamos nuestro saber estamos también multiplicando al infinito las limitaciones de nuestra ignorancia, ¿qué consecuencias se derivan para la economía y para la sociedad?

Es un tema abierto y difícil de resolver. Pero consideremos algunas pistas. En la sociedad de la ignorancia cada nuevo descubrimiento debería tomarse como una invitación a explorar nuevas posibilidades desconocidas, más que como un motivo para la autocomplacencia. También sería bueno que nos acostumbráramos a convivir con la incertidumbre y abandonáramos para siempre la ecuación sabiduría=certeza, origen de todos los fundamentalismos. Y también deberíamos acostumbrarnos a pensar que el conocimiento es importante para la vida, pero no suficiente. Para navegar por el océano infinito de nuestra ignorancia no basta el conocimiento, se requiere también sentido de la justicia, determinación, un poco de autocontención y una buena dosis de prudencia.