Algo se mueve en Myanmar

Luís Matías López

Periodista

En un artículo publicado en esta misma sección el 10 de noviembre de 2010, tras las primeras elecciones en 20 años, se aseguraba que la Junta de Myanmar (antigua Birmania) había optado por “un lavado de cara disfrazado de entrega del poder a los civiles”. Un año después, la afirmación es aún válida, pero algo se mueve. Lo suficiente para que la premio Nobel Aung San Suu Kyi –cuya victoria en 1990 fue rechazada por los militares, que la recluyeron 15 años bajo arresto domiciliario– anuncie que su Liga Nacional para la Democracia, que boicoteó los comicios de 2010, se presentará con ella al frente a las elecciones para cubrir 48 escaños vacantes en el Parlamento.

El Ejército sigue al mando (medio siglo ya) y la mayoría de los cargos clave son exmilitares que se limitaron a cambiar el uniforme por el traje de paisano, pero Suu Kyi se ha convencido de que quedar al margen del actual proceso no aumentaría sus posibilidades de llegar al poder, sino todo lo contrario. Por su parte, el régimen busca legitimación para dejar de ser un apestado en el mundo. El precio pagado hasta ahora incluye la liberación de presos políticos (quedan más de 1.000, de un total de 2.100), la eliminación de la censura previa y la legalización de los sindicatos. El escepticismo y la cautela aún están justificados, pero hay que conceder al menos al régimen el beneficio de la duda.

Barack Obama ha optado por ver la botella medio llena. “Tras años de oscuridad, hay signos de progreso”, ha declarado. El reciente viaje a Myanmar de su secretaria de Estado, primero de alto nivel en 50 años, es la prueba más palpable de lo que Suu Kyi llama un “cuidado y calibrado compromiso” con el régimen. Hillary Clinton, que además de con la líder opositora se ha reunido con el presidente, Thein Sein, ha condicionado la normalización de relaciones y las ayudas económicas a que se produzcan claros avances hacia la democratización y el respeto de los derechos humanos.

El cambio en la posición norteamericana tiene probablemente más que ver con los intereses estratégicos de EEUU que con la defensa de las libertades. La razón es clara: este rincón de Asia es pieza de caza mayor en la pugna por la hegemonía con China que marca ya el siglo XXI.