La centralidad de los afectos, la relación y el cuidado

Carmen Magallón

Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

En el debate sobre las crisis en las que estamos inmersos, echo de menos voces más críticas y rotundas contra la forma de vida a la que nos está abocando una globalización marcada por el poder del dinero. Voces que vayan más allá de señalar con el dedo hacia los responsables de este desastre, señalamiento que, aunque es necesario, no es suficiente. Y con esto me refiero a cuestionar aspectos cotidianos de nuestra vida, como los que afectan al uso del tiempo o a los roles de género –o que se considera adecuado para hombres y mujeres– y, sobre todo, al espacio que concedemos a los intercambios no materiales: afectos, relación y cuidado.

Me pregunto por qué seguir insistiendo en la idea de crecimiento cuando es evidente que vivimos en un planeta limitado; por qué, habiendo tanto paro, se habla tan poco de repartir el trabajo; y por qué el cuestionamiento de los vacíos del cuidado sigue siendo apenas algo ligado a una ley –la dependencia– que ahora, para más inri, se pone en cuestión, cuando abogar por el equilibrio entre producir y cuidar –actividades que deberían involucrar a mujeres y hombres por igual– es defender una verdadera revolución social, cuyo logro podría cambiar radicalmente nuestras vidas.

Debatir cuántos años y horas hemos de trabajar, cómo, dónde y en qué horario, son cuestiones que no son desdeñables, pero creo que hay que preguntarse también por los vacíos de una organización social que se desmorona cuando la producción falla. En el decaimiento social que vivimos late implícita la idea de que no es posible recuperar la forma de vida de los últimos años, pero a la vez nos faltan visiones que nos motiven de un modo más profundo y holístico.

Las transformaciones sociales importantes siempre han venido precedidas por el sueño de alguien, al modo del I have a dream de Martin Luther King, cuando soñó con un mundo en el que no importara el color de la piel. Tal vez el lema “otro mundo es posible”, hoy un poco olvidado, necesita una energía añadida. ¿Qué tal un sueño que aliente otro modo de construirnos como seres humanos, un sueño que reconozca el valor de los afectos, la relación y el cuidado como ejes centrales de nuestras vidas?