Putin pese a quien pese

Luis Matías López
Periodista

Lo peor de que Hillary Clinton denunciase que las legislativas en Rusia no fueron “ni libres ni justas” es que respondía a una realidad objetiva que cuestiona la ya desacreditada calidad de la democracia en el país. El movimiento de protesta contra el supuesto fraude (que en Moscú podría haber sido masivo) y la detención de centenares de manifestantes convergen con las acusaciones de la ONG Golos y las del jefe de una delegación de la OSCE: denuncian que el aparato del Estado está al servicio incondicional del partido del poder (Rusia Unida), el monopolio de los grandes medios de comunicación, la manipulación en el recuento, etcétera.

Los rusos, aunque muy críticos con sus gobernantes, no soportan lecciones desde fuera y tienen derecho a elegir su propio modelo de democracia. Lo lamentable es que no se les dan las garantías mínimas para ejercitarlo, tan abrumador es el poder de Putin, a punto de recuperar la presidencia que prestó a Medvédev. Quedar a las puertas de la mayoría absoluta de votos, superándola en escaños, sería una magnífica noticia para un partido en cualquier otro país, pero la pérdida sustancial de apoyo popular (obtuvo el 64,3% en 2007), pese a los claros indicios de fraude, refleja un grave deterioro del control del “hombre fuerte”.

Sin embargo, dada la clamorosa falta de alternativa, la elección de Putin en marzo de 2012 sigue estado cantada, sobre todo si se maquilla el resultado. La popularidad del aún primer ministro es genuina y deriva de la histórica reverencia de los rusos por el poder establecido. Sin embargo, se ve afectada por la corrupción generalizada, la desigualdad creciente, los abusos de poder, el cambio de cromos con Medvédev y, ahora, el probable fraude electoral, que ha provocado un oficioso frente anti-Rusia Unida que es lo más parecido a una oposición que ha visto Rusia en doce años.

A favor de Putin juegan una estabilidad que contrasta con la caótica era de Yeltsin (que desacreditó a los llamados “demócratas”) y, pese a cierto estancamiento, la mejora del nivel de vida por el alto precio del gas y el petróleo, vital en un sistema de monocultivo energético. Así que, salvo sorpresa mayúscula, habrá Putin para rato (dos mandatos, doce años), aunque su triunfo quede bajo sospecha.