Europa: los síntomas por la enfermedad

Juan Francisco Martín Seco
Economista

La crisis de la deuda está ocultando el verdadero problema de la Unión Monetaria: la contradicción de que países tan diversos mantengan el mismo tipo de cambio. La imposibilidad de realinear las monedas condena a las economías al estancamiento y a la recesión. Los ataques que vienen sufriendo las distintas deudas soberanas son tan sólo el síntoma del cáncer que la eurozona lleva dentro. Si estuviéramos en un sistema de tipos de cambio fijos, la ofensiva se dirigiría contra las divisas con el fin de forzar la devaluación. Así ocurrió con el antiguo Sistema Monetario Europeo (SME) a principios de los noventa hasta que las monedas entraron en lo que se podía llamar libre flotación al estipular una banda de ±15%. En la eurozona, los bonos están ocupando el puesto que como diana de los mercados desempeñarían las diferentes divisas si existiesen.

Los especuladores pretenden jugar siempre sobre seguro. En el SME creían que los tipos de cambio establecidos no se podían mantener; apostaron y ganaron. Ahora apuestan a que el euro no puede subsistir, y en Europa se lo están poniendo fácil. Se deja a los países indefensos ante los mercados, ya que el BCE no actúa como un verdadero banco central, prestamista en última instancia. La situación, sin duda, mejoraría mucho si el BCE estuviera dispuesto a respaldar sin límite la deuda de los países. Es posible que, al menos a corto plazo, se ahuyentara la presión de los inversores; pero el problema de fondo no habría desaparecido, y la recesión o el estancamiento económico permanecerían al mantenerse el mismo tipo de cambio para economías tan diversas. La única solución real es la Unión Fiscal, pero no ese remedo que desea implantar Merkel y que se limita a imponer la estabilidad presupuestaria, sino la constitución de una verdadera Hacienda Pública común con impuestos propios y un presupuesto de la Unión, cuantitativamente significativo, capaz de compensar los desequilibrios regionales que crean el mercado y la moneda única. Pero claro, de eso Merkel no quiere ni oír hablar. La medicina que se nos ofrece, a base de ajustes, recuerda los médicos que trataban de curar todas las enfermedades sangrando al enfermo. Este terminaba muriendo.