Publica o perece

Miguel Ángel Quintanilla
Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología

En una reunión de responsables políticos de ciencia y tecnología, un ministro se vanagloriaba del giro radical que habían dado en su país a la política científica: “Les hemos impuesto a nuestros científicos una nueva regla de oro. Ya no basta la de publica o perece. Ahora o eres el mejor o pereces”. Con esa radical reorientación esperaban conseguir en poco tiempo un gran avance en la producción científica. Han pasado ya algunos años y no sé si el Gobierno de ese país habrá seguido tan radical orientación todo este tiempo. Creo que no porque, de lo contrario, ahora todos sabríamos el nombre del único científico superviviente que habría quedado allí.

Supongo que, en un contexto más normal, a nadie se le hubiera ocurrido semejante fanfarronada. Es cierto que la investigación científica tiene un componente competitivo: cada investigador se esfuerza por ser mejor que los demás, por llegar antes al descubrimiento que persigue, por patentar el primero un nuevo invento. Pero esto no se debe a que la dinámica de la ciencia sea como la de la selección darwiniana, sino más bien al revés: se debe a que la ciencia es un juego cooperativo en el que uno sólo gana si consigue el reconocimiento de los demás. Los científicos compiten cooperando entre sí. Claro que los científicos reales son también de carne y hueso. Y a la dinámica de cooperación, reconocimiento y competición en la ciencia se superponen otras tramas de intereses políticos nacionalistas, económicos, industriales o ideológicos que a veces tiñen con colores dramáticos la empresa científica.

Un ejemplo notable es la exploración antártica. Hace un siglo el noruego Amundsen protagonizó la hazaña de pisar por primera vez el Polo Sur, en dura competición con el británico Scott, que murió en el intento. Pero hoy la Antártida forma parte de un amplio acuerdo internacional, que impide que cualquier país pueda reclamar derechos territoriales sobre ella y obliga a mantener todo un continente abierto a la investigación y la cooperación científica.

Para sobrevivir en el mundo de la ciencia hay que trabajar duro y hacer públicos continuamente los resultados relevantes de tu trabajo. Pero la ciencia no es un circo romano ni una carrera contra reloj, sino una empresa universal cooperativa.