Una guerra inútil y una retirada sin gloria

Luis Matías López
Periodista

Obama no debería cantar victoria. La guerra de Irak deja un rastro de violencia y miseria sin resolver los problemas que la motivaron, más inventados que reales, y legando otros muy graves. Sin tanta sangre, varios países árabes han alcanzado este año resultados mucho más positivos o están en vías de lograrlo.

EEUU retira sus tropas y, junto a miles de agentes privados para proteger sus intereses, deja de herencia una grave inseguridad y un Gobierno precario que tardó casi un año en formarse y es incapaz de superar las diferencias entre comunidades, confesiones y regiones.

Poco importa ya la sarta de mentiras con la que George Bush justificó la invasión. Tampoco se trata de añorar la siniestra estabilidad del régimen tiránico de Sadam Husein, o de negar que el régimen actual es lo más parecido a una democracia que Irak ha tenido nunca, pero el precio ha sido tan alto y los resultados tan escasos que es lícito preguntarse si ha merecido la pena.

La imagen de EEUU queda lesionada, no sólo por las víctimas inocentes de la lucha contra la insurgencia, o por las torturas cometidas en la prisión de Abu Ghraib, sino porque el país está en ruinas, no están garantizados servicios esenciales como electricidad y agua potable, y la mayoría de la población libra una cruda lucha por la supervivencia difícil de asumir cuando se nada en petróleo.

Una fuerza ocupante de hasta 170.000 soldados y un gasto que rivaliza con el del plan Marshall para reconstruir Europa tras la II Guerra Mundial no han conducido ni a un bienestar material similar al de antes de la invasión ni al fin de la violencia. Que todo un vicepresidente esté acusado de terrorismo resulta ilustrativo de lo lejos que se está de una paz genuina.

EEUU no deja un país estable (las tensiones entre suníes, kurdos y chiíes son muy fuertes), ni pacificado, ni desactivado como nido terrorista. Ni siquiera logra lo mínimo a lo que aspiraba: un incondicional aliado estratégico. Es más, señalados líderes chiíes (confesión mayoritaria, la del primer ministro) mantienen estrechos lazos con sectores extremistas de Irán, el gran enemigo de Washington.

En fin, una guerra inútil, una retirada sin gloria y el preludio de lo que ocurrirá en Afganistán.