El inmigrante estructural

Antonio Izquierdo
Catedrático de Sociología

La demografía es estructura y es sociedad. Y las sociedades son mestizas porque sus habitantes lo son en mayor o menor grado. Sabemos que, cuando los pueblos se cierran, se empobrecen o se extinguen. Este es un editorial que, aprovechando la noticia del primer nacido de 2012, subraya la condición estructural de la población de origen inmigrante. Justo ahora, cuando tanto se publicita que se van más de los que llegan, es cuando cabe resaltar que el censo de foráneos aún no ha menguado y que “estructura es todo aquello que dura”.

Se llama Diana y ha nacido, de padres ecuatorianos, al son de la segunda campanada que ha abierto el nuevo año. Es todo un símbolo que el primer nacimiento tenga origen inmigrante y, además, cada año crece esa probabilidad. No porque sean muy prolíficos, sino porque son más jóvenes. Tanto la natalidad como la nupcialidad cabe verlas como indicadores de arraigo. Para el común de las gentes, procrear y unirse de modo estable constituyen proyectos de vida con consecuencias estructurales.

Y resulta que corre sangre foránea por uno de cada cuatro nacimientos y uno de cada cinco matrimonios ocurridos en España. Esto incluye a los hijos de la mezcla (padre o madre extranjeros) y también a los emparejamientos mixtos. Esa proporción no es coyuntural, sino que se mantiene durante los últimos tres años. Y como sólo aportan el 3% de las defunciones, el saldo vegetativo (nacimientos menos defunciones) es altamente positivo. En otras palabras, forman parte sustancial de la estructura de la población de la mayoría de las comunidades autónomas y del total nacional.

La población crece por inmigración y nacimientos. Y la población nacional añade por las naturalizaciones. De modo que dentro y fuera de España aumentan los españoles que no han nacido aquí. Pero también somos más habitantes como consecuencia de la inmigración y de su descendencia. Como se ha dicho, su aportación al saldo natural medra porque están en edades fértiles. Y, dado que el desarrollo de una sociedad es el de todos sus habitantes, constituye un error tratar a los inmigrantes como trabajadores volátiles sin familia, identidad, ni derechos civiles.