Del consejo editorial

La universidad y la ciudad

CARME MIRALLES-GUASCH

Uno de los efectos del actual movimiento reivindicativo de los estudiantes de la universidad española es que ha puesto sobre el tapete del debate mediático a la universidad, uno de los organismos públicos más antiguos de la ciudad y una de las presencias físicas e intelectuales con más continuidad en la historia urbana.
Desde que en el siglo XI –momento en el que se fundó la institución académica en Bolonia– hasta nuestros días, la universidad difícilmente se puede entender fuera del hecho urbano. La universidad, dialogando con la ciudad, le puede decir a esta que hace más de mil años que está aquí (emulando el título de una novela italiana multipremiada) y que además muchas urbes no serían lo que son sin la concentración de estudiantes, profesores, bibliotecas, aulas, laboratorios, saberes, etcétera. En la urbe, más allá de los muros de las facultades, el mundo universitario encuentra los apoyos y las actividades necesarias, al mismo tiempo que esta tiene en la institución académica las fuentes de conocimiento imprescindibles para su desarrollo.
Con más de mil años de historia, a lo largo de dificultades, crisis, vicisitudes, reformas, innovaciones y transformaciones, la presencia de la universidad en la ciudad ha pasado por varias etapas y ha formado parte de diversos modelos urbanos. Desde sus orígenes las universidades han creado importantes vínculos con el tejido urbano y con ello han sido un elemento clave en la definición de la estructura urbana actual.
De hecho la ubicación física de la universidad da pie a una tipología de ciudades, según sea ciudad universitaria, zona universitaria urbana concentrada, universidad urbana dispersa y campus universitario. Esta última es la única que se aleja del binomio ciudad-universidad y, en general, tiene dificultades de relación con el entorno físico en términos de conexión, debido a la estacionalidad horaria de su ocupación y al no disponer de una estructura urbana donde insertarse. Sin embargo, las experiencias demuestran que para que un campus resulte viable, tanto a nivel territorial como social, tiene que adquirir un carácter urbano, es decir, tiene que ser más ciudad, sumando funciones más allá de las estrictamente académicas.
Si en los años setenta del pasado siglo se auguraba una dispersión sobre el territorio de las actividades de producción de conocimiento, ahora se reconoce el papel protagonista de las grandes metrópolis en la creación intelectual y de esta en la prosperidad económica y social. Los territorios del conocimiento son básicamente urbanos, ligados a una gran ciudad o a una red de ciudades de distintos tamaños, donde la universidad es el nodo metropolitano por excelencia. Hoy el 12% de la producción científica del planeta se desarrolla en siete entornos metropolitanos: Tokio, Londres, Nueva York, París, Boston, San Francisco y Pekín. Y si el incremento de la producción científica global en el último decenio ha sido del 2,3%, esta cifra aumenta al 3,6% cuando sólo se contabilizan las 75 grandes áreas metropolitanas de mundo, de lo que se supone que las actividades del conocimiento se desarrollan mejor al ubicarse en entornos urbanos.
La Universidad, hoy a debate, es un elemento profundamente urbano y es desde este aspecto desde donde debemos pensarla.

Carme Miralles-Guasch es Profesora de Geografía Urbana