Del consejo editorial

‘Car free’, un nuevo urbanismo

 CARME MIRALLES GUASCH

Si los tiempos demandan nuevos modelos, más ideas y otras coordenadas de pensamiento, creo interesante y útil hacer un hueco a las propuestas que, desde distintas miradas, van perfilando un nuevo concepto de barrio o incluso de ciudad, donde los coches no son bienvenidos. No se trata de penalizar el uso de la vía pública, como la famosa tasa del centro de Londres o del aparcamiento en la calle con las zonas azules o verdes de nuestras ciudades. Se trata de construir barrios donde no se pueda circular en coche, donde la vida cotidiana se desarrolle sin este artilugio. En un espacio donde sólo pueden entrar algunos transportes públicos y sólo en contadas y especiales ocasiones los privados.

Puede que algunos piensen que es una broma de mal gusto en los tiempos que corren, cuando el dinero público se destina a la compra y a la fabricación de automóviles. Sin embargo, tanto en EEUU como en Europa se está gestando una cierta corriente de opinión, minoritaria pero creciente, desde puntos de vista, enfoques y disciplinas científicas diversas, que confluye en formular una cotidianidad libre de la dependencia del automóvil. Unas ideas que van tomando forma y organizan una tipología urbana donde los espacios públicos son sólo para los peatones, las bicicletas y los transportes públicos. Y donde las escuelas, los servicios, y los lugares de trabajo son accesibles con estos medios de transporte. Es lo que se empieza a conocer como Car free cities.

Esta idea se alimenta desde distintos argumentos. Algunos están relacionados con el medio ambiente, pues los automóviles son los responsables del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y el cambio climático nos advierte cada día con más urgencia del abuso de los medios de transporte mecánicos y del riesgo de no transformar nuestros hábitos de movilidad. Otros argumentos están relacionados con las redes sociales que se generan en nuestras ciudades entre vecinos, comerciantes y paseantes del espacio público. Unas redes que se debilitan en la medida que este se va llenando de coches, ruidos y humos. También desde los que apuestan por la calidad de vida relacionada con la tranquilidad, las slow cities, donde el tiempo se pueda consumir de forma más lenta.
Pero no todo es retórica. En Alemania, en 2006, se inauguró un barrio inspirado en esta nueva forma de ver el urbanismo.

En Vauban, a las afueras de Friburgo, cerca de la frontera con Francia y Suiza, viven unas 5.000 personas en una superficie de 40 ha. La idea vertebradora del proyecto es la siguiente: los habitantes del mundo desarrollado somos responsables del 80% de la contaminación mundial; es nuestra tarea, por tanto, encontrar respuestas técnicas e incluso un nuevo estilo de vida que nos permitan vivir según un modelo sostenible. Y parece que los habitantes de este barrio lo están consiguiendo. Es un barrio atractivo para familias con niños, pues más del 20% son menores de 10 años y la demanda de suelo, especialmente para proyectos de cooperativas, ha superado el número de parcelas ofertadas.
No es una opción para todos, pero tendría que ser una opción para aquellos que lo desearan. Responsables municipales tomen nota.

Carme Miralles Guasch es  profesora de Geografía Urbana