Jarrones chinos de la geografía española

Carme Miralles-Guasch
Profesora de Geografía Urbana

La crisis nos ha permitido ver lo inútil de muchas de nuestras infraestructuras. No es que las dificultades económicas las hayan arrastrado a la inutilidad. No. Siempre lo han sido, pero ahora tenemos la percepción colectiva de que lo son. De que nos hemos gastado centenares de millones de euros en comprar jarrones chinos y ahora nos damos cuenta de que son improductivos e inservibles. Y, además, demasiado caros de mantener.

Ante esta situación la pregunta es: ¿por qué hemos llegado aquí? Porque unos países, cuando piensan en su futuro, apuestan por la educación y la investigación, sumando valor a las próximas generaciones. Y otros, como el nuestro, unen el futuro a unas infraestructuras sobredimensionadas y lujosas. Como si el desarrollo dependiera de los metros cúbicos edificados, sean aeropuertos, estaciones de AVE o polideportivos. Me permito apuntar dos respuestas, aunque podrían ser muchas más.

En primer lugar, estamos aún atados al desarrollismo. Un concepto del siglo pasado, que fía buena parte del crecimiento económico a la construcción de grandes infraestructuras: un aeropuerto, sin más, genera por sí solo demanda y con ella actividad económica. Un concepto caduco, pues el crecimiento está más relacionado a los niveles de conocimiento y a la creatividad de su población que a los kilómetros de autopistas que tenga una región. Aunque estos pueden ser necesarios, nunca son suficientes, ni su sobreoferta produce más desarrollo.

Las políticas públicas y las decisiones políticas de un país reflejan sus estructuras corporativas, sus grupos de poder y de presión. De ahí cabe pensar que “nuestros jarrones chinos”, ubicados en toda la geografía española, son fruto de los grupos corporativos a los que les interesa construir. Que es la construcción en sí misma, y no el desarrollo futuro, la que realmente interesa. Por eso, cuanto más y más grande mejor.

Y esta es nuestra geografía e incluso nuestra definición de país: aeropuertos y estaciones sobredimensionados, sin aviones ni trenes. Sin poderlos mantener, porque tienen costes de gestión altísimos. Y nuestros niños pasan frío en las escuelas y tienen que reducir los presupuestos universitarios, porque esto sí que es un lujo.