Un apagón migratorio

Antonio Izquierdo
Catedrático de Sociología

La muerte de dos extranjeros en centros de internamiento no ha prendido la alarma ciudadana. Lo cual sugiere que se ha producido un apagón migratorio. Es decir, una rebaja de la tensión y de la atención social en torno a la inmigración. Esta pérdida de relevancia pública, en medio de la crisis, se explica por tres motivos: el decaimiento institucional, la descentralización política y, por último, el síntoma del agujero estadístico.

El Gobierno ha disminuido el rango político de las migraciones y, si bien mantiene las competencias en el Ministerio de Trabajo, lo cierto es que ha empobrecido su estatus. La Secretaría de Estado es ahora una Secretaría General y las tres direcciones generales anteriores han quedado reducidas a una sola. Con esta base parece claro que serán los gobiernos autonómicos y municipales los que impulsarán distintas dinámicas de encaje social, participación cívica y respeto cultural. En suma, tendremos diferentes modelos de inserción.

El reglamento vigente descarga las competencias de integración en los niveles de gobierno más próximos a los ciudadanos. Ayuntamientos y autonomías se responsabilizan de los informes de arraigo y de los permisos iniciales de trabajo, de modo que son ellos los que van a diseñar los espacios de convivencia. Si el modelo de integración enaltece lo cotidiano sobre lo excepcional, se facilitarán la comunicación y el mestizaje, pero si se generaliza lo que sólo es un caso, entonces, la respuesta, cualquiera que fuere, se convertirá en un agravio comunitario.

Por fin, y dada la dificultad de coordinación y de cooperación de los gobiernos locales y regionales, hay riesgo de que empeore la calidad de los datos administrativos. Dificultar el empadronamiento ha sentado un mal precedente. Además, el coste económico de las estadísticas hará que algunas desaparezcan con el consiguiente apagón informativo a la hora de analizar cómo evoluciona su asentamiento. Llevamos dos años de intensas entradas y salidas así que urge saber quiénes se mueven y no sólo cuántos lo hacen. Porque ahora los indicadores más preciados serán los que midan los avances y retrocesos en la integración de las dos generaciones que ya constituyen esta sociedad.