El reino de la confusión

Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencias Políticas

La dureza con que la troika está tratando a Grecia al aplazar al lunes la decisión sobre la segunda parte del rescate se justifica echando mano de la experiencia. Se observa que los griegos se resisten a aplicar las medidas necesarias, más bien al contrario, las orillan o simplemente las falsean. Es decir, según este criterio, “no son de fiar”.

Algo parecido pasa con España. Las contradicciones y las ambigüedades del Gobierno acerca de la exacta magnitud del déficit explican que se difundiera el rumor de que había inflado su cuantía para apuntarse un falso triunfo al reducirlo. La Comisión Europea ha mostrado que España incumple seis de diez indicadores macroeconómicos que apuntan a desequilibrios “excesivos” que todo el mundo conoce: la balanza por cuenta corriente, las posiciones netas de inversiones internacionales, la cuota del mercado exportador, la deuda pública, la deuda del sector privado y el desempleo. Y, en esas condiciones, toda dilación es peligrosa, cuando no suicida. Siempre desde la perspectiva neoliberal, que es la única que se aplica.

La Comisión no quiere dejar un respiro al Gobierno, del que sospecha que pueda incurrir en marrullerías al estilo griego. Tampoco está dispuesta a renegociar una relajación del objetivo de reducción del déficit del 4,4% del PIB para 2012, ya que esta cantidad es la única real entre la confusión de las otras.

Es comprensible que el ministro de Hacienda sea reacio a presentar unas cuentas públicas que sin duda serán dolorosas. Pero no puede olvidarse que la crisis de la deuda soberana es una crisis de confianza y, aunque España haya salido bien parada en los recientes mercados de la deuda, esa situación puede cambiar de la noche a la mañana. Basta con que se difunda la noticia de que el Gobierno no presentará los presupuestos hasta fines de marzo, en una situación de incertidumbre que puede provocar una nueva escalada de ataques especulativos contra la deuda española y poner al país en una situación “griega”.

La táctica de no especificar las verdaderas intenciones y mantener la confusión en cuanto a las medidas previstas suele dar buen resultado cuando se está en la oposición, pero puede ser catastrófica cuando se está en el Gobierno.