Becas de excelencia

Jorge Calero
Catedrático de Economía Aplicada

Hace unos días, el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Wert, anunció la intención del Gobierno de reformar el sistema de becas y ayudas, al menos en el nivel de la educación superior, con objeto de vincularlas al rendimiento académico del alumno. Expuso, como una crítica al sistema actual, que “un alumno de Secundaria con una nota de un cinco puede acceder a una beca universitaria”.

En mi opinión, una reforma en esa línea supondría una involución muy considerable en un instrumento especialmente sensible de la política educativa. El Gobierno debería considerar cuidadosamente sus nefastas implicaciones en dos campos: primero, en el de la igualdad de oportunidades, que debería ser crucial también para quien (supuestamente) valora la meritocracia como un buen pilar de la legitimidad social. Y, segundo, en el de las necesidades de formación de capital humano que tienen las sociedades avanzadas.

Algo importante que debería tenerse en cuenta antes de implementar una reforma de este tipo es que ya existen controles del rendimiento académico a la hora de obtener y mantener una beca. Estos controles no exigen la “excelencia” a la que parece apuntar el ministro Wert: efectivamente, con aprobar es suficiente. Algo que no debería sorprender en un sistema que busca remover barreras económicas que dificultan el acceso a una universidad que ya es de masas. Recordemos que el objetivo de la Unión Europea para 2020 en este campo, ya cumplido en el caso español, consiste en que al menos un 40% de la población entre 30 y 34 años haya obtenido una titulación de educación superior. Hacer compatible la democratización del acceso que exige esa educación superior de masas con criterios muy basados en la “excelencia” parece inviable. Más juicioso parecería dar énfasis a las becas en la Educación Secundaria postobli-
gatoria (Bachillerato y ciclos formativos de grado medio), tomando como ejemplo el programa Beca 6000 de la Junta de Andalucía.

El cambio de criterios hacia una supuesta búsqueda de la “excelencia” supone una involución hacia los objetivos que tenía el sistema de becas antes de la reforma que, en 1983, estableció el modelo actual. Una involución cargada de un elitismo que nuestra educación superior ya no se puede permitir.