Del consejo editorial

Irán: la oposición agradecida

 CARLOS TAIBO

Al calor de los acontecimientos iraníes de las últimas semanas hemos podido comprobar, una vez más, cómo las disputas relativas a eventuales fraudes electorales provocan inmediatamente alineamientos irracionales. Conforme al código imperante entre seudoexpertos y tertulianos, si son nuestros amigos quienes ganan las elecciones, lo suyo es deducir que estas han sido limpias; si el triunfo sonríe, en cambio, a nuestros oponentes, todas las dudas están, entonces, justificadas. No es preciso mencionar de qué lado van, en lo que hace a Irán, las simpatías de la abrumadora mayoría de nuestros todólogos.
Aunque no hay motivo alguno

–antes al contrario– para concluir que las aguas bajan más tranquilas, algunos datos se han clarificado. Sabemos, por lo pronto, que, al amparo de unas reglas electorales que se prestan a los trucos, se han producido irregularidades no precisamente menores. El criterio más extendido entre los expertos es el que sugiere, con todo, que el presidente Ahmadineyad ganó las elecciones, acaso con cierta comodidad, pero lejos de la mayoría aplastante que le han atribuido los cómputos oficiales. El exceso de celo a la hora de buscar, por medio de manipulaciones más bien burdas, una victoria incontestable que, por añadidura, zanjase las cosas en una primera y única vuelta bien puede haber sido, a la postre, un craso error del aparato de Gobierno iraní. Porque lo cierto es que, de haber discurrido los hechos de forma más mesurada, lo más probable es que Ahmadineyad hubiese asegurado sin problemas severos un nuevo mandato delante de una oposición obligada a bajar la cabeza.

Salta a la vista que, aunque vapuleada, esa oposición de la que acabo de hablar ha recobrado el vuelo y probablemente se está granjeando apoyos –pienso ahora antes en los internos que en los foráneos– hace unas semanas impensables. Tan es así que, por momentos, parece haberse diluido la impresión, muy común hace bien poco, de que las diferencias entre Ahmadineyad y Musaví resultaban ser menores en un escenario en el que la descarnada represión a la que se han entregado los aparatos de seguridad ha venido a enaltecer inesperadamente la figura del segundo. Aun con ello, estamos en la obligación de preguntarnos –olvidemos ahora las grandes disputas relativas a la conflictiva inserción de Irán en el planeta– si el segmento aperturista del clero iraní es lo que algunos, con exceso de optimismo, creen ver en términos de retroceso del rigorismo religioso y de reconocimiento de los derechos de las mujeres.

No está de más que agreguemos que los nuevos gobernantes norteamericanos han asumido una posición parsimoniosa que revela de su lado un propósito, al parecer insorteable, de negociar con quien sea. Ahí están, para testimoniarlo, las declaraciones de Obama –han gustado poco, cierto es, en el mundo conservador estadounidense–, que subrayaban la eventual proximidad entre los candidatos contendientes y procuraban alejarse de cualquier toma de partido que nublase el horizonte de imaginables negociaciones futuras. Queda por saber si el derrotero de los hechos en Teherán permitirá que el presidente estadounidense salga airoso de apuesta tan delicada.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política