De la Semana Santa a la Non Sancta

Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencias Políticas

La Semana Santa deja una serie de imágenes que hablan del renacimiento del nacionalcatolicismo: Cospedal portando el crucifijo, los bravos legionarios haciendo lo propio con otro y con un solo brazo, un obispo arrojando los homosexuales a los fuegos del averno y el emblema de la División Azul en una procesión en Ciudad Real. Son los elementos icónicos, espectaculares, de un cambio profundo de espíritu. Porque Cospedal es presidenta de un gobierno autonómico y secretaria general del partido del gobierno, mientras que el obispo en cuestión soltó su diatriba homófoba en la radiotelevisión pública. Eso es el nacionalcatolicismo: la alianza y acción común de la derecha y la iglesia católica.

Pero si el gobierno y su partido hubieran querido estar en algún momento feliz del pasado reciamente español de alianza del trono y el altar, lo cierto es que el día siguiente al Domingo de Resurrección, hoy, lo espera la Europa del siglo XXI en la cual se juega su destino  literalmente a cara o cruz. Los recortes, las duras medidas de ajuste cuya exposición se supeditó atolondradamente a un interés electoral tropezaron en un primer momento con el escepticismo de los mercados, lo que empujó escaleras abajo la bolsa y el Ibex. Pasado el fin de semana, con unas declaraciones dinamiteras de Sarkozy y Le Pen, la reacción de los mercados es imprevisible.

Con una prima de riesgo de 400 puntos, Rajoy tiene que escapar a toda costa de la atracción del torbellino griego con esa tendencia suya a dar respuesta a todas las exigencias de los mercados, lo que impulsa a estos a tensar más la cuerda, exigiendo nuevos recortes, cuyo efecto será exigir más recortes nuevos.  Es decir, los mercados pueden estar jugando a provocar el rescate de España y no ayuda nada que algún funcionario de la UE vaya diciendo que España tiene un “problema de credibilidad”. Si al final Rajoy fracasa aplicando sus medidas allí donde él ya había vaticinado el fracaso de Zapatero,  será su propio y exclusivo fracaso. El PP obtuvo mayoría absoluta en las elecciones y dispuso de cien días para aplicar sus medidas de salida de la crisis, pero perdió noventa empeñado en ganar unas elecciones autonómicas antes que en sacar el país adelante.  Es de muy escasa responsabilidad. Y, para más bochorno, las ganó pero las perdió.