El Rey y el elefante

Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencias Políticas

En mitad del último encrespamiento de la crisis, en una semana crucial para la suerte de España, con una amenaza de intervención en el horizonte y un gobierno desconcertado, el Rey estaba cazando elefantes en Botswana. Es algo tan absurdo que parece una escena sacada del Locus Solus de Raymond Roussel. La Casa Real tardó 36 horas en dar la noticia, probablemente empleadas en encontrarle algún tipo de explicación y justificación, cosa imposible porque no las tiene.

Los comentarios críticos han incidido en las obligaciones del Monarca y debaten sobre si este tiene o no derecho al mismo tipo de intimidad y vida privada que los demás ciudadanos, así como la conveniencia de que las frecuentes “escapadas privadas” del Rey al extranjero dejen de ser secretas y, cuando menos, el Monarca las comunique al presidente del gobierno. Son empeños ociosos. Sin llegar al extremo de la monarquía absoluta cuando hasta sus necesidades hacía el Rey Sol en presencia de sus cortesanos, el Monarca no tiene vida privada o la tiene reducida a su mínima expresión.

Estas escapadas del Rey, que tanto recuerdan las de su abuelo, Alfonso XIII, si bien este no era elefantes lo que cazaba), no pueden tener un tratamiento liviano sino que deben estar sometidas a conocimiento público. Recuérdese que el Rey no es una magistratura ejecutiva, sino que quiere ser una institución de referencia moral. El discurso que todos los años nos espeta el monarca el 24 de diciembre (en una reminiscencia de la unión entre el trono y el altar o del derecho divino de los reyes) pretende ser una especie de balance anual de la sociedad española desde un punto de vista ético, como una comunidad. Y quien se erige en cierto modo como símbolo y guía moral de la comunidad no puede tener puntos ciegos.

El sólito accidente de Juan Carlos ha sacado a luz una práctica opaca del Rey en el peor momento posible, cuando más zarandeado está el país en el que reina y cuando todo el mundo clama por la transparencia en el funcionamiento de las instituciones. Entre ellas, la Corona. En definitiva, una metedura de real gamba que no ayuda nada a fortalecer la imagen de la monarquía en el año de Urdangarin.

Las redes se incendiaron con el percance, pero ellas prefirieron tratar el asunto desde un punto de vista menos grave y ceremonioso con las instituciones del Estado, propia de los medios convencionales, desde el punto de vista del elefante. Al margen de si estos safaris y otras aventuras del Rey son o no privados y admisibles en el funcionamiento ordinario del sistema político, queda por hablar de su contenido, esto es, la caza mayor y de especies más o menos amenazadas de extinción. La caza misma es actividad crecientemente cuestionada. No es preciso pretender quién tenga razón en la controversia sobre si caza sí o no; basta con saber que hay controversia para exigir del monarca la debida neutralidad. Sin embargo aparece como entusiasta de una de las partes.

Y no se para el Rey a pensar que, con el aumento de la conciencia ecológica en el mundo, el respeto por la biosfera, el debate sobre los derechos de los animales, la protección de especies amenazadas, etc, su comportamiento abatiendo seres indefensos, sean osos o elefantes, por mera diversión, será sin duda legal, más o menos oportuno desde el punto de vista político pero, desde luego, resulta inmoral y hace falta ser insensible para no darse cuenta.