Del consejo editorial

¿Violencia humana o masculina?

CARMEN MAGALLÓN

Para atajar la violencia contra las mujeres han llegado al fin las pulseras electrónicas, un instrumento que se llevaba tiempo reclamando para el control de las órdenes de alejamiento de los maltratadores, algo que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para muchas mujeres amenazadas. En el terreno de las medidas de protección estamos avanzando. Lo que se echa en falta, y no es una tarea que ataña solamente al Gobierno, es más reflexión sobre las raíces de esa violencia, y más cuando en ellas podemos encontrar claves explicativas para el resto de violencias, protagonizadas en su mayoría también por los hombres. El investigador para la paz Johan Galtung cifra en un 95% el porcentaje de hechos de violencia directa en el mundo –incluyendo la violencia contra las mujeres, la que se ejerce contra otros hombres y también contra la naturaleza– que son cometidos por los hombres.

¿Significa este dato que ellos son más violentos que ellas? ¿Habríamos de hablar de violencia masculina, en lugar de violencia humana? Frente a las hipótesis biológicas que dirigen la responsabilidad del comportamiento hacia una fisiología, una conformación del cuerpo del hombre que le empujaría fácilmente a la acción violenta, Galtung señala que la biología no puede explicar más allá del 10-20% de la conducta violenta. Y biólogas como Jane Sayers o Anne Fausto-Sterling desmontan los razonamientos biologistas encaminados a naturalizar los roles asignados culturalmente a mujeres y hombres. Una mayor o menor proporción de determinada hormona, unas características físiológicas, dicen, son factores que están ahí, pero no aisladamente sino entrelazados con otros de distinto carácter, social y cultural, que los amplifican o neutralizan, según los casos. El recurso a la naturaleza, como explicación última de la conducta de los sexos, está en primer lugar poco fundamentado científicamente: se interpretan correlaciones como si fueran relaciones de causa-efecto, se ofrecen modelos animales que a su vez son controvertidos y, sobre todo, se parte de una noción estática y a priori de lo que es natural, como si pudiéramos acceder a las cosas sin mediaciones culturales.

Sin negar que existen imbricaciones entre lo natural y lo cultural difíciles de desentrañar, que existen diferencias entre los cuerpos de hombres y mujeres, el hecho es que esas diferencias no empujan a todos los hombres a comportarse violentamente bajo circunstancias similares. La diversidad que se da, tanto entre hombres como entre mujeres, choca con una visión determinista del ser humano, hombre o mujer. Y si no es la base material la que determina la conducta, sino que esta es moldeable y controlable por otros factores, que necesariamente han de ser culturales o estructurales, tendremos que identificar qué factores son esos. Para avanzar en la vía del cambio de mentalidad, para saber qué cambios se precisan en la socialización de los hombres, ellos, como uno de los dos sexos, tienen que constituirse seriamente en objeto de
auto-reflexión y estudio.

Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz