Del consejo editorial

Comprar cerca o lejos de casa

CARME MIRALLES-GUASCH

No sabemos si esta campaña de Navidad será como las anteriores. Si compraremos más o menos, si a las tiendas les saldrán los números o si abusaremos de nuestras tarjetas de crédito. Compremos lo que compremos, o incluso si sólo salimos a mirar tiendas sin que ello suponga, necesariamente, gastar un solo euro, lo que sí podemos decidir es si nos apetece comprar en las tiendas que tenemos cerca de donde vivimos o trabajamos o si, por el contrario, preferimos hacer largos recorridos para llegar a grandes espacios comerciales lejos de nuestro entorno habitual.
Los que pueden elegir esta opción, es decir, los que vivan en medios urbanos que también tienen las tradicionales tiendas de calle, se pueden plantear si les salen más a cuenta los precios y los productos que estas ofrecen o si prefieren desplazarse fuera de la ciudad, a lugares suburbanos, en coche y con mucho tiempo por delante. Esta elección individual o familiar que tiene que ver con nuestros presupuestos y nuestros tiempos tiene también una relación directa con los modelos de ciudad que se han diseñado.
Hay ciudades que han optado por la lejanía y otras que han preferido la proximidad. Son apuestas poliédricas, que tienen muchos planos e infinidad de aristas y que son la suma de pequeñas y grandes decisiones políticas y técnicas sobre distintos y complejos factores. Cada uno de ellos, por sí solo y aislado del resto, no provoca ninguna singularidad urbana, pero es de la suma de todos de la que dependen los distintos tipos de ciudades. Y en cada uno de ellos los quehaceres de la vida cotidiana se desarrollan de forma muy distinta. De este modo, los horarios comerciales y laborales, las densidades urbanas, los modelos edificatorios, el espacio público, la seguridad ciudadana, la segregación social, la calidad de los servicios y de los equipamientos, el transporte público y los vínculos con el barrio, entre otras muchas características, hacen de las ciudades espacios donde prima la distancia y la separación o donde prevalece la cercanía, la contigüidad y la vecindad.
Cuando uno de los recursos más preciados es el tiempo, porque casi todos lo consideramos un bien escaso, la calidad de vida de nuestras ciudades se mide, cada vez más, a través de la gestión del tiempo personal y colectivo. Desde este prisma temporal se están revalorizando aquellas ciudades o partes de la ciudad donde es posible ahorrar tiempo de desplazamiento, donde las actividades cotidianas pueden calificarse según estén cerca de la residencia, del trabajo o de la casa de los abuelos, sólo por poner algunos ejemplos. Aquellas actividades cotidianas que podemos escoger donde hacerlas –las compras, la escuela, el gimnasio, el cine o el restaurante, entre muchas otras–, las aproximamos a nuestros lugares cotidianos.
Tenemos que reivindicar ciudades que nos ofrezcan proximidad, que no nos hagan perder tiempo ni dinero en trayectos cada vez más largos y más atascados, que no nos hagan consumir energías fósiles y contaminar la atmósfera para realizar las mismas actividades que, hasta hace poco tiempo, no requerían tanto gasto colectivo inútil. La cercanía es un valor en alza que aún se conserva en muchas ciudades españolas, y por ello nuestras urbes ofrecen una calidad de vida que no tienen ciudadanos de otros países. Revindiquemos la proximidad como un valor urbano que es de todos y gratuito.

Carme Miralles-Guasch es Profesora de Geografía Humana