Del consejo editorial

Un recuerdo para Ruiz-Giménez

José Manuel Naredo

El pasado 27 de agosto se divulgó la noticia del fallecimiento de Joaquín Ruiz-Giménez. A raíz de este acontecimiento se removieron en mí vivencias que me inducen a rendir homenaje póstumo a esa persona que tanto hizo en favor de la democracia y a preguntarme por qué, paradójicamente, acabó siendo después excluido de ella. Creo que la respuesta a esta pregunta tiene mucho que ver con la enorme distancia que separa la elevada amplitud de miras y calidad humana de su persona de la lamentable calidad de la actual democracia y del juego político que la envuelve.

Joaquín Ruiz-Giménez tuvo desde siempre hondas convicciones social-cristianas que le hicieron alejarse del régimen franquista desde que dejó de ser Ministro de Educación, a raíz de las protestas estudiantiles que tuvieron lugar en 1956. A partir de entonces se dedicó sobre todo a la universidad –como catedrático de Filosofía del Derecho– y al ejercicio libre de la abogacía. Desde su cátedra divulgó sus ideas solidarias y democráticas, llegando a formar un grupo de profesionales críticos al régimen franquista que hoy se siguen considerando con orgullo discípulos suyos (algunos de ellos, como Gregorio Peces Barba o Elías Díaz, han contribuido con emotivos artículos en el obituario publicado anteayer en El País). Y su despacho acogió a represaliados del franquismo de todas las corrientes políticas, con procesos tan sonados como el "1001", que encausó a los máximos dirigentes de Comisiones Obreras. A esto se añade su gran tarea como fundador, en 1963, de la revista (y de la editorial) Cuadernos para el Diálogo, que constituyó una plataforma de comunicación de primer orden al servicio de "un mundo más libre, más solidario, más justo", que se situaba por encima de los sectarismos habituales.

¿Qué es lo que impidió que Joaquín Ruiz-Giménez tuviera un puesto al sol en el liderazgo de la nueva democracia? Que fue un militante de las ideas poco dado a la componenda y a la demagogia comúnmente utilizadas para medrar en la arena política. Que, lejos de todo sectarismo, se mostró tolerante hacia las creencias de los demás, siempre y cuando apuntaran a favor de ese mundo más libre, justo y solidario. Que fue, en suma, una buenísima persona, incapacitada para el maquiavelismo empresarial o político. Doy fe de esto último cuando, estando yo abrumado por la pena de la muerte imprevista mi suegro –el científico y comunista exiliado Federico Molero, cuyos asuntos defendía entonces Ruiz-Giménez– y, a la vez, agobiado por una serie de deudas asociadas a ese hecho, me extendió un cheque personal en blanco para liberarme al menos del perentorio agobio económico. Este gesto para mí único e irrepetible de una persona que apenas me conocía, me dejó tan honda impronta que hoy todavía se me saltan las lágrimas al recordarlo.

No, Ruiz-Giménez no estaba capacitado para el comportamiento mezquino y duro de quienes buscan poder y dinero caiga quien caiga. Se movía guiado por sentimientos de amistad, solidaridad, confianza y por valores éticos no negociables. Y es sobre estos sentimientos sobre los que cabe construir una verdadera democracia.

Economista y estadístico