Del consejo editorial

Expectativas de desarme

Carmen Magallón

Bajo el lema, "¡Desarme ahora! ¡Trabajemos por la paz y el desarrollo!" acaba de celebrarse en México DF la 62ª Conferencia Anual del Departamento de Información Pública/ONG de las Naciones Unidas, una cita previa a la Asamblea General, que cada año reúne a organizaciones de la sociedad civil de todo el mundo. En la estela de la voluntad expresada por Obama y Medvédev, en la reunión latían ciertas expectativas de desarme. Como presidente del único país que ha utilizado el arma nuclear (Hiroshima y Nagasaki, 1945), Obama ha declarado que siente la responsabilidad moral de trabajar por un mundo libre de armas nucleares. El presidente ruso también ha manifestado su acuerdo en abrir negociaciones para la reducción del arsenal nuclear. Al mismo tiempo, en la conferencia había consciencia de que, dada la distancia que suele haber entre las declaraciones de los líderes y sus acciones, el que podamos estar en un punto de inflexión en materia de desarme dependerá mucho de en qué medida la sociedad civil se comprometa y ejerza presión sobre sus representantes.

Es un escándalo vivir en un mundo lleno de armas. Según un informe reciente se calcula que, como mínimo, hay en circulación 875 millones de armas pequeñas y ligeras, y que los Estados poseedores de armas nucleares tienen más de 23.000 ojivas nucleares, 8.000 de ellas operativas. Ni unas ni otras producen más seguridad. Producen muertos. Tanto de manera directa: cada día mueren mil personas por armas de fuego y tres mil resultan gravemente heridas; como indirecta, al detraer a los países fondos que debieran aplicarse a educación, salud o infraestructuras. Es escandaloso que en Uganda, donde hay hambre, un AK-47 cueste lo mismo que un pollo. Es más escandaloso aún el hecho de que si bien las más de mil empresas que fabrican armas están ubicadas en 98 países, los productores más importantes sean los cinco países con asiento permanente en el Consejo de Seguridad, es decir, los países ricos, a los que afectan menos las consecuencias de la proliferación de armas. Y es, sin duda, relevante para nuestra responsabilidad en el tema no olvidar que España es, según datos del Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el octavo suministrador mundial de armas convencionales, siguiendo a EEUU, Rusia, Alemania, Francia, Holanda, Reino Unido e Italia.

En 2010 ha de celebrarse la Conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación nuclear y el próximo 24 de septiembre, por primera vez, un presidente de EEUU, Obama, presidirá una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU centrada en el desarme nuclear. Distintas organizaciones han lanzado ya una campaña internacional por la abolición de las armas nucleares que puede firmarse en la red. Es hora de jugar fuerte en este sentido. Pero sin olvidar que es el comercio de armas convencionales, sobre el que no hay ningún tratado jurídicamente vinculante, el que más muertes produce. Y que quienes sufren las consecuencias en el día a día –en México hemos oído sus testimonios– están pidiendo a gritos que se controle y restrinja con todo el rigor.

Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz