Del consejo editorial

La realidad y la ficción

RAMÓN COTARELO

Los especialistas en comunicación política saben que un Gobierno tiene éxito cuando consigue que la imagen del país real coincida con la del país oficial que él fábrica, bien porque esta respeta la realidad, bien porque la realidad se deja amoldar a la propaganda. Pues ese es el reto principal de todos los gobiernos del mundo: si hay o no distancia entre el país real y el oficial; entre la realidad y la ficción.

Si esto sucede así con los gobiernos, no hace falta decir nada de la oposición, que no es otra cosa que un intento de Gobierno o gobierno putativo. El éxito de la oposición, lo que suele convertirla en un ariete capaz de conquistar el baluarte del poder, es mantener un discurso oficial tan pegado a la realidad que la opinión la escucha antes a ella que al Gobierno.
Por eso resulta tan extraño y parece tener un elemento de suicidio voluntario la política comunicativa del PP, formulada y practicada por su mismo presidente, de elaborar un discurso que no solamente no coincide con la realidad sino que la niega tajantemente, tratando de reemplazarla por una historia ficticia hecha de teorías conspirativas y fábulas acusatorias

cocinadas apresuradamente con el fin de negar la evidencia de unos hechos tan tozudos como demoledores.

Hoy la realidad en España es un proceso judicial de gran alcance con un expediente de casi cien mil folios, decenas, quizá cientos de imputados, pruebas abrumadoras de todo tipo que implican a responsables políticos y cargos públicos del PP en todos los escalones de la Administración y en toda España, con gente en la cárcel y comisiones rogatorias surcando el planeta en busca de decenas de millones de euros ilícitamente obtenidos y ocultos en paraísos fiscales. Toda esa máquina constituye una sólida realidad que apunta a una supuesta trama corrupta entreverada en la estructura del PP en todos los niveles que lleva años funcionando, desde los tiempos de las legislaturas de Aznar, esquilmando los caudales públicos, enriqueciendo a personajes corruptos y financiando ilegalmente al partido.

Negar esa evidencia que todo lo abarca es una actitud que sólo puede proceder de una desesperada congoja de impotencia infantil. Pretender sustituirla con una serie de insidias (en el sentido estricto del término), fabulaciones, presunciones conspirativas sin base fáctica alguna y ataques y golpes bajos a las instituciones del Estado de derecho con el fin de deslegitimarlo es una táctica alucinada que únicamente puede responder a la periclitada práctica de acabar un juego dando una patada al tablero, confiando en la aparición de algún salvapatrias.

Pero los tiempos de esas tácticas han pasado y el requisito de lealtad democrática es hoy inexcusable. Si el PP quiere conservar alguna esperanza de llegar a las elecciones de 2012 con alguna expectativa más sólida que los dos entecos sondeos de hace unos días sólo podrá ser abandonando la ficción, afrontando la realidad, asumiendo sus responsabilidades y, si es necesario (y cada vez lo será más si sigue confundiendo la realidad con su alucinación), refundándose.

Ramón Cotarelo es catedrático de Ciencias Políticas