Del consejo editorial

La larga agonía de las Tablas de Daimiel

JOSÉ MANUEL NAREDO

La turba ardiendo en las entrañas secas de las Tablas de Daimiel ha saltado como noticia en los media recordando la precaria situación de ese "espacio protegido". Una vez más se han debatido estos problemas y una vez más se han generado malentendidos y ofrecido falsas soluciones para tranquilizar a la población. Todo menos reconocer que la larga agonía que vienen sufriendo las Tablas es síntoma del deterioro más amplio que acusa toda la llanura manchega, fruto del prolongado cúmulo de despropósitos de gestión que resultan de la desafortunada confluencia de la voracidad extractiva de los regantes, con la irresponsabilidad y la miopía de los políticos.

Las Tablas de Daimiel han sido el rebosadero del inmenso mar de agua subterránea que albergaba la llanura manchega. Este enorme embalse subterráneo se nutría sobre todo de las precipitaciones y del agua de la cuenca alta del Guadiana que se infiltraba alimentando ese mar subterráneo, para aflorar mucho después en los famosos Ojos del Guadiana, originando la turbera de Zuacorta y encharcando las Tablas de Daimiel.

Este ecosistema convivió, sin problemas, durante siglos con una agricultura de norias que respondía al antiguo dicho de Daimiel: "Agua mientras haiga y cuando no borricos a la sombra". Los despropósitos empezaron con la construcción en 1957 del embalse de Peñarroya, que cortó la entrada natural de agua al acuífero en la cabecera de la cuenca para derivarla hacia el regadío. A esto se sumó la irrupción de potentes motores de bombeo que multiplicaron la extracción de agua y el regadío, sin que surgieran instituciones capaces de velar por la salud del acuífero del que, para bien o para mal, depende la vida en la zona. Como el agua extraída superó con creces la recarga del acuífero, sus niveles bajaron y se invirtió el flujo natural de salida, quedando decapitada la cuenca del Guadiana.

Hace ya décadas que no mana el agua de los Ojos, que la turbera de Zuacorta se quemó, no se explotó, al quedar seca pero "protegida"… y que las Tablas perdieron su condición de rebosadero del acuífero para convertirse en sumidero del agua que se ha venido transportando hacia ellas con fines "ecológicos" y perdiendo en el vacío subterráneo generado por los bombeos. Para retener una parte mínima del agua en las Tablas se llegó a construir, incluso, una presa con fines "ecológicos": la presa de Puente Navarro.

Ahora que los niveles bajan y la turba se quema de nuevo se proponen dos medidas urgentes: comprar un puñado de hectáreas en el mar de regadíos circundante y acelerar la construcción de una tubería para alimentar artificialmente ese "espacio natural" con un poco de agua bombeada desde otra cuenca, también deficitaria.

Mientras los despropósitos continúan, seguimos viendo en ese espejo de las Tablas el deterioro de las aguas, los suelos, las turberas, la diversidad biológica y el paisaje que aqueja a toda la llanura manchega. Asistimos, en suma, a una grave malversación del patrimonio natural, que resulta de una gestión insolidaria e insostenible. Y sobran conocimientos para ponerle coto, pero faltan amor a la tierra y voluntad política.
José Manuel Naredo es economista y estadístico