La madurez del sistema científico

MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Para mejorar el sistema científico en España hemos hecho de todo. Y hemos conseguido mucho. Pero aún nos falta algo: alcanzar la madurez. Hace no tantos años estábamos mucho peor. Recordemos cómo era el CSIC en el momento de su fundación, según el testimonio de Laín Entralgo: “No les interesaba la ciencia ni, salvo excepciones, sabían realmente lo que la ciencia es. Adulatoria sumisión al poder; fuertes resabios del viejo derechismo y mal digerido recuerdo de la inferioridad de este, frente al mucho más amplio y calificado grupo de los intelectuales de la República… retórica hinchada y megalomaníaca. Más que verdadero interés por la ciencia y por la educación científica de los españoles, todo esto es lo que en su etapa fundacional animaba al CSIC”. Fin de la cita. Ahora el CSIC figura entre las once instituciones científicas más productivas del mundo (http://www.scimagoir.com/).

Así que tenemos motivos de sobra para estar satisfechos de cómo hemos cambiado y mejorado en materia de investigación. Y sin embargo nos falta mucho para llegar a la madurez. ¿Qué se necesita para ello? He aquí cuatro ideas sencillas.

1. La ciencia de nuestros días sólo se puede hacer a lo grande. La mayoría de las estructuras institucionales que tenemos (departamentos pequeños, institutos sin dotación de personal, universidades sin presupuesto de investigación, organismos burocratizados) no sirven. Están pensadas para otra época o para otras funciones. Hay que redimensionar la ciencia: necesitamos instituciones más grandes, más abiertas, más flexibles, más eficientes, más autónomas, más responsables y mejor conectadas entre sí y con el sistema productivo.

2. La ciencia es una actividad creativa que no se parece en nada a la inmensa mayoría de las actividades que realizan las administraciones públicas. Así que, si nos empeñamos en que los científicos trabajen como funcionarios, será difícil conseguir que produzcan como científicos. No hay atajos en este camino: la sociedad debe confiar en los científicos y exigirles que trabajen con dedicación y responsabilidad, pero aceptando que dispongan de elevados niveles de autogobierno y flexibilidad organizativa.

3. La ciencia no digiere bien los sobresaltos. Los proyectos científicos serios se diseñan con perspectiva de muchos años y hay que establecer mecanismos de financiación adecuados, más parecidos al contrato plurianual con el que se financia la construcción de una autovía que a los presupuestos anuales con los que se financia el gasto ordinario de funcionamiento de una institución pública.

4. Un sistema de ciencia y tecnología sólo alcanza la madurez cuando se abre a la participación de los ciudadanos y, en contrapartida, resulta arropado por toda la sociedad. En España todavía nos queda mucho por andar en este campo. La mayoría de los ciudadanos, periodistas y políticos, consideran la ciencia como un asunto ajeno o un lujo (en el caso de la ciencia básica) del que es fácil prescindir cuando las cosas vienen mal dadas. Y, por la otra parte, muchos científicos siguen considerando que el resto de los mortales no tienen nada que decir sobre lo que ellos hacen. Es urgente acabar con este déficit brutal de nuestra cultura científica y cívica.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia