Juguetes para hacer cosas

MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Las cosas que nos rodean, y las que nosotros mismos hacemos, podemos verlas como si consistieran en dos tipos de elementos: materia e información, de qué están hechas y cómo están hechas, átomos y bits. Hace unos años, a un grupo de ingenieros del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), liderados por Neil Gershemnfeld, se les ocurrió una idea de esas que, cuando crecen, cambian el mundo. Lo mismo que los ordenadores han puesto al alcance de todos las más amplias posibilidades de gestionar información, bits, así también una adecuada configuración de programas de diseño, máquinas herramientas de control numérico y materiales nanotecnológicos puede poner a disposición de cualquiera la capacidad no ya de pensar, inventar o diseñar casi cualquier cosa, sino de hacerla. Es lo que ellos llaman fabricación personal, el “hágalo usted mismo” de los fines de semana en el garaje, pero condimentado con alta tecnología, y en lo que se basan para construir los FabLab (Laboratorios de Fabricación: http://cba.mit.edu/). La idea se ha ensayado con éxito, tanto en aldeas de la India o de África como en colegios de Boston o en el campus del MIT. Y la experiencia es que a jóvenes y mayores, cuando se les pone en sus manos la posibilidad de hacer cosas insospechadas, terminan inventándoselas y fabricándolas de verdad. El mejor incentivo para la innovación es descubrir que uno mismo puede hacer cosas nuevas.

En España somos grandes constructores de palabras, más que de artefactos. Por algo Don Quijote sólo era capaz de distinguir entre las armas y las letras, ignorando las máquinas, a las que confundía frecuentemente con enemigos fantásticos. Pero esta es también la patria de Torres Quevedo, precursor de la inteligencia artificial, y la del complejo de cooperativas industriales de Mondragón, o la de empresas líderes mundiales en energías renovables. Son ejemplos de una cultura centrada en hacer cosas, no sólo en contemplarlas o consumirlas. Así que no parece que esté tan lejos de nuestra cultura la posibilidad de apostar por construir el mundo con nuestras propias manos, en vez de comprárselo a otros con los beneficios de la especulación inmobiliaria. Es cuestión de querer.

Ahora se presenta una oportunidad: se acercan las Navidades, época de regalos y juguetes. Existen dos grandes opciones: juguetes para consumir o juguetes para construir, bits o átomos. Consolas virtuales para consumir información o juegos de construcción para crear mundos nuevos. El punto de conexión entre ambas alternativas son los ordenadores personales; mejor si se pueden manipular, conectar a robots de juguete y usarlos para programar cachivaches. Por desgracia, los mejores de estos juguetes aún son bastante caros; pero, por suerte, todavía siguen existiendo en las jugueterías, en las tiendas de modelismo y en las de los museos científicos todo tipo de juegos de construcción, artefactos tecnológicos y juguetes científicos, accesibles y llenos de posibilidades.

Hay que aprovechar la oportunidad de aprender con las nuevas generaciones a cambiar el mundo, no sólo a contemplarlo o consumirlo: comprar juguetes para hacer cosas.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia