La corrupción, la FAES y el rey

RAMÓN COTARELO

La corrupción es la apropiación privada indebida de recursos públicos. Se da, como es lógico, en la función pública pero, al extenderse, contamina a toda la sociedad en la que se generalizan las prácticas de economía sumergida y defraudadora. Es comportamiento típicamente humano, como demostró hace más de 40 años el ecologista Garrett Hardin, que lo bautizó con el nombre con que hoy lo conocemos de la tragedia del común: siempre que en una colectividad los individuos pueden elegir entre explotar recursos públicos y privados, los primeros que se esquilman son los públicos, aunque sean escasos y su agotamiento pueda provocar una catástrofe.

La corrupción no está necesariamente vinculada a un régimen político u otro. Los dos grandes defectos de la democracia ateniense (además del hecho de ser una oligarquía) fueron la demagogia y la corrupción. Igual que los de las democracias de hoy. Pero las dictaduras, las monarquías absolutas, los parlamentarismos censitarios, no son menos corruptos: hay dos diferencias importantes aunque no afecten al meollo del asunto. La primera es que, al ser el control público mayor en las democracias, los casos de corrupción se conocen antes y mejor, con lo que parece que hay más. Pero eso no quiere decir que los regímenes no democráticos sean menos corruptos. Al contrario, sólo son más opacos.

La segunda, dependiente de la primera, es que en las democracias la corrupción se puede denunciar y en los regímenes no democráticos, generalmente sometidos a represión, no.

La corrupción tampoco está ligada a unos u otros modos de producción. En los países del llamado socialismo real era parte estructural del sistema, de forma que toda la máquina de la planificación centralizada estaba apoyada en la corrupción, como sucede en el capitalismo del libre mercado, en muchos casos “engrasado” mediante la corrupción. Aunque no en todos, pues también hay un capitalismo de raíz calvinista y protestante en el que aquella es menor, como se prueba hoy en los países nórdicos.

La corrupción habita de forma natural en la sociedad y, si no cabe erradicarla, es preciso combatirla fomentando una cultura política cívica y recurriendo a la legislación penal. Lo que hay de nuevo en la reciente prevalencia de la corrupción en el mundo y no sólo en España es que se origina en la universalización del neoliberalismo subsiguiente al hundimiento de los países comunistas. La actual crisis económica se debe a una saturación de corrupción general: desregulación, dejación de funciones y complicidad de los organismos supervisores, especulación, fraude, información privilegiada, etc. Aparte de lo que corresponde a la naturaleza humana está el hecho de que el neoliberalismo es una doctrina que eleva la corrupción a principio mismo de actuación al sostener que lo público debe gestionarse con criterios privados o desaparecer a favor de lo privado, al desregular y privatizar sin más control que el inexistente del mercado. Exactamente los principios que defiende esa fundación FAES que acaba de dar un premio al rey y este ha recogido.

Ramón Cotarelo es catedrático de Ciencias Políticas