Verdad y justicia para Rachel Corrie

CARMEN MAGALLÓN

Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

En estos días se ha reabierto el caso de Rachel Corrie, activista no violenta estadounidense que en marzo de 2003 murió aplastada por una excavadora militar del ejército israelí mientras trataba de impedir, usando su cuerpo como escudo humano, la demolición de una casa palestina en Rafah, Gaza. Tenía 23 años y pertenecía al Movimiento de Solidaridad Internacional, que se define como liderado por palestinos y “comprometido con la resistencia a la ocupación israelí de tierra palestina mediante métodos y principios no violentos y de acción directa”. Sus vivencias y muerte en los Territorios Palestinos Ocupados, plasmadas en la obra de teatro Mi nombre es Rachel Corrie, son un punto de referencia para el compromiso por la causa palestina de mucha gente en el mundo.
Tras años sin obtener respuesta, la familia de Corrie presentó una demanda civil contra el Estado de Israel, con la esperanza de que en el juicio, celebrado en Haifa, se aclararan las circunstancias de su muerte y se responsabilizara de ella a las fuerzas armadas israelíes. Según un informe de Human Rights Watch, las investigaciones que Israel realizó sobre este asesinato “no llegan a cumplir con la transparencia, la imparcialidad y la exhaustividad exigidas por el derecho internacional”.
Desde 1967, además de miles de muertes, 24.145 viviendas palestinas han sido demolidas en los territorios ocupados, según cifras del Comité Israelí Contra la Demolición de Viviendas; de ellas, 4.247 lo fueron en el ataque militar contra Gaza de diciembre 2008, la llamada operación Plomo Fundido. Con esta demanda, dice la madre de la activista, no sólo tratamos de saber la verdad, sino también dar a conocer la situación de los palestinos, la dura vida de la población todavía sitiada de Gaza, los hechos e ideas que movilizaron a su hija.
Poco antes de su muerte, Rachel había escrito en un correo electrónico: “Me gustaría ver cada vez más gente dispuesta a resistir ante la dirección que está tomando el mundo, una dirección en la que nuestras experiencias personales son irrelevantes… nuestras comunidades nada importantes, nosotros impotentes, nuestro futuro es determinado por otros y el nivel más alto de humanidad se expresa a través de lo que elegimos comprar en un centro comercial”.
Si la paz no es solamente la ausencia de guerra y exige verdad, justicia y reparación, la cuestión es: ¿puede conseguirse la paz donde reina la impunidad?