Del consejo editorial

Accidentes y crisis

JORGE CALERO

Catedrático de Economía Aplicada

La afirmación de que la vida humana tiene un valor incalculable o infinito puede apoyarse en algún fundamento ético, pero se contradice con los procesos de decisión reales. No destinamos todos los recursos, continuamente, a preservar la vida; esto lo podemos afirmar al referirnos tanto al ámbito de las decisiones personales como al de las decisiones que toman empresas y administraciones.
En realidad, tomar decisiones personales y, también, del ámbito público, consiste en gestionar continuamente riesgos, decidir en última instancia qué valor le damos a la vida humana. Pensemos, por ejemplo, en el tumulto de la reciente Love Parade en Duisburgo. Es probable que el Ayuntamiento, como decisor colectivo, aceptara una reducción de los recursos dedicados a la seguridad con objeto de moderar los costes del evento. Comportamientos similares los estamos viendo cada vez con más frecuencia durante la crisis económica.
La crisis introduce cambios en la forma en que se gestionan los riesgos, cambios que finalmente se traducen en una valoración más baja de la vida humana. Por decirlo de un modo técnico, las personas y las organizaciones reducen su aversión al riesgo. Las cifras más recientes relativas a los accidentes laborales apuntan en ese sentido: en términos relativos, una vez descontado el efecto de la reducción de la actividad en determinados sectores, la siniestralidad laboral está repuntando. El énfasis en la contención de los costes y la dilución de la responsabilidad en un contexto corporativo "agitado" provocan que el mantenimiento y la seguridad desciendan en la lista de prioridades. Es posible, también, que el mayor estrés al que están sometidas muchas personas conduzca a que estas incurran en mayores riesgos.
Mientras dure la crisis podemos esperar, pues, una menor valoración, en las acciones del día a día, de la vida humana y, por tanto, un mayor riesgo de accidentes (pautas de actuación que nos acercan a las existentes en países menos desarrollados). Podemos esperar, pero también debemos evitarlas. Decir esto en el terreno de lo individual es casi un brindis al sol. Pero no lo es cuando nos referimos a las empresas y a las administraciones públicas, a las que debemos exigir, como trabajadores, como clientes y como contribuyentes, que no bajen la guardia con la crisis, que no reduzcan, en suma, el valor que le damos a la vida humana.