Del consejo editorial

Taxonomía del fascismo

FRANCISCO BALAGUER CALLEJÓN

Catedrático de Derecho Constitucional del Estado y de Libertades Públicas

Más allá del ocasional insulto con el que el apelativo fascista puede ser empleado, no suele ser habitual la reflexión periodística sobre este término, que parece apelar a movimientos políticos cuyo declive histórico se da por sentado, a salvo de las sorpresas electorales que en algún país europeo ha deparado ocasionalmente la extrema derecha manifestando una fuerza algo más que residual. Pero el fascismo –por así decirlo– explícito no es tan peligroso como el subyacente, cuya importancia social y política puede ser mucho más significativa que la de los partidos que en Europa se pueden clasificar –sin ánimo de ofender– como fascistas o neofascistas.
En realidad, el peso social del fascismo y, por tanto, el peligro que representa no van unidos a la utilización de las señas identitarias externas que acuñó en los años veinte y treinta del pasado siglo. Dos motivos se pueden mencionar. En primer lugar, obviamente, su derrota en la Segunda Guerra Mundial y el conocimiento público de los atroces crímenes que cometió mientras estaba en el poder. De ahí la conversión en insulto de este término –salvo en el desdichado reducto de nuestro país bajo el franquismo–.
Un segundo motivo es que esas señas identitarias dejaron de ser útiles con el transcurso del siglo XX. En el conflictivo período de entreguerras, los movimientos obreros aspiraban a definir una alternativa propia frente a los elementos simbólicos del poder estatal: de esa ambición surgieron los himnos y las banderas que proyectaban la idea de una sociedad más justa, que superara las fronteras limitadas del Estado. El fascismo respondió a esos elementos identitarios con los suyos: sus banderas, sus himnos y hasta sus uniformes con los correajes y la parafernalia militarista propia de quienes establecieron regímenes totalitarios y opresivos.
Todos esos elementos simbólicos carecen ya de sentido y sólo se utilizan esporádicamente por aquellos sectores nostálgicos que se definen expresamente como fascistas. En la sociedad relativamente desideologizada del siglo XXI, ese tipo de fascismo resulta anacrónico. Pero el fascismo es un virus mutante y sigue vivo, sólo que hoy se expresa de otra manera: a través de la corrupción institucionalizada, del cinismo como método de acción política, del populismo y del descrédito del Estado de derecho.