Del consejo editorial

Indígenas estadounidenses y exclusión social

ÓSCAR CELADOR ANGÓN

Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas

El informe de Naciones Unidas sobre la situación de los pueblos indígenas del mundo para 2010 ha puesto sobre el tapete político internacional la situación de exclusión social y de extrema pobreza de este colectivo. Hasta aquí nada nuevo, ya que muchas de estas comunidades se localizan en países en desarrollo o subdesarrollados, pero lo que es sorprendente es que la calidad de vida y el grado de integración social de los pueblos indígenas también sea pésima en los países del denominado primer mundo. Los datos sobre la población indígena estadounidense son especialmente alarmantes, ya que pese a tratarse de la primera potencia económica mundial, sus pueblos indígenas viven muy por debajo del umbral de la pobreza, y ocupan los peores puestos en los ránkings sobre desempleo, ingresos per cápita, abandono escolar, riesgo de contraer enfermedades como la tuberculosis, suicidio o desnutrición infantil.
La integración social de la población nativa nunca ha ocupado un papel relevante en la agenda política estadounidense. Durante el periodo de conquista y colonización, millones de indígenas fueron esclavizados, perseguidos, confinados en reservas de escaso o nulo valor económico, privados de su dignidad y asesinados impunemente. Hasta finales del siglo XIX, este colectivo no pudo acceder a la ciudadanía estadounidense y, a cambio, tuvo que someterse a un profundo proceso de americanización que contribuyó a erradicar gran parte de sus tradiciones y cultura. En la actualidad, su presencia continúa siendo incómoda para la sociedad estadounidense, tal y como demuestra la ausencia de instituciones o de museos que expliquen desde la perspectiva indígena cómo se produjo la famosa conquista del Oeste, qué les ocurrió a los nativos que se negaron a vender sus tierras a Estados Unidos, o los motivos por los cuales los millones de indígenas que habitaban los actuales Estados Unidos cuando llegó el hombre blanco se redujeron a apenas 250.000 individuos a finales del siglo XIX.
El objetivo de las políticas expansionistas estadounidenses no fue exterminar sistemática y completamente a los indígenas, de ahí que no pueda hablarse técnicamente de un genocidio. Ahora bien, no parece
coherente, y además es hipócrita, que una nación que hace bandera de ser la tierra de las libertades todavía no haya sido capaz de integrar a su población nativa con la dignidad que este colectivo merece.