Opinion · Del consejo editorial

Transporte urbano. Preguntas y respuestas

 CARME MIRALLES-GUASCH

Cualquier análisis sobre el transporte urbano se enfrenta a una contradicción ineludible. Por una parte, el transporte es un elemento esencial del sistema económico, a la vez que permite resolver los desplazamientos de los ciudadanos y, con ellos, su acceso a las actividades cotidianas. Sin embargo, y por otra parte, el transporte genera un conjunto de impactos indeseados: las externalidades, cuando hablamos en términos económicos, y las exclusiones, cuando lo analizamos desde una perspectiva social. De hecho, el lastre que estos impactos pueden suponer para la expansión del sistema económico y social es de tal magnitud que algunos autores proponen que se resten del PIB y de otros indicadores macroeconómicos. La contradicción apuntada sobre el transporte se enmarca dentro de un debate más amplio sobre la sostenibilidad del sistema económico y social.

En un momento de cambios estructurales profundos, en el que las transformaciones abarcan desde los modelos económicos a los centros de poder geopolíticos, es más oportuno que nunca plantearnos el futuro de nuestro modelo urbano actual y con él su sistema de transporte, basado en buena parte en el vehículo privado. La respuesta es muy compleja, en primer lugar por la dimensión temporal implícita, pues nos remite a un futuro que no sabemos cuán cerca o lejos está, y también por la cantidad de elementos que deben tomarse en cuenta. A pesar de su dificultad, es necesario e imprescindible imaginar la respuesta.

Dicha respuesta depende de su eficiencia y, por lo tanto, de su sostenibilidad. En el sistema de transporte esto se expresa en relación entre servicio y coste, de tal modo que, para un nivel determinado de servicio aportado, un sistema es más sostenible cuanto menor sea su coste de funcionamiento, planteado este en tres dimensiones complementarias: económica, ambiental y social. Sin embargo, mientras existen precios muy claros y cuantificables (la gasolina, las infraestructuras, etc.) prevalecen otros muy difíciles de medir, como son el valor del tiempo, del paisaje, del aire limpio, del espacio de juego de nuestras calles de antaño, del silencio… Todos ellos son costes relacionados con la esfera ambiental y social muy difícilmente cuantificables pero no por ello menos importantes.

A pesar de que el sistema de transporte de muchas ciudades españolas dista bastante de ser satisfactorio –entre otros elementos, por la gran y creciente proporción del transporte privado frente al público, la disminución de los viajes a pie, el incremento de los combustibles fósiles, el ruido, etc.–, también hay factores que muestran tendencias positivas. Uno de los más evidentes es la disminución de la siniestralidad, pese a que cada año se realizan más viajes por carretera. También está mejorando la eficacia en el control de las emisiones de contaminantes y en muchas ciudades se está recuperando la costumbre de desplazarse a pie, lo que revitaliza la calle como espacio colectivo. En estos ejemplos, el sistema de transporte urbano se ha hecho más eficiente y, por lo tanto, más sostenible.
En épocas de cambio tenemos que formular preguntas e imaginar respuestas. Los modelos urbanos y de transporte nos brindan grandes oportunidades para ello. Aprovechémoslas.

Carme Miralles-Guasch es Profesora de Geografía Urbana