Del consejo editorial

Donde dije digo, digo Diego

JOSÉ MANUEL NAREDO

Economista y estadístico

El pasado mes de agosto se cumplió el tercer aniversario de la explosión del mercado de hipotecas de alto riesgo estadounidense que marcó el inicio de la crisis, lo que nos otorga ya cierta perspectiva. Al revisar lo ocurrido sorprende que la falta de un diagnóstico acertado de los problemas haya llevado en tan poco tiempo a un mismo gobierno a adoptar interpretaciones y tratamientos no sólo dispares, sino
contrapuestos.
La misma percepción que ha ofrecido el Gobierno de la crisis mudó desde su negación inicial y su paulatino reconocimiento, hasta subrayar su gravedad para imponer sacrificios, sin que por ello se dejara de anunciar la continua aparición de "brotes verdes" que prometían la salida de la misma. El hecho de que la banca española apenas se viera contaminada por las hipotecas subprime estadounidenses –porque se dedicaba a titulizar y vender las suyas propias– hizo cantar victoria antes de tiempo, al no advertir los inconvenientes que entrañaba esa ventaja. En vez de planificar la gestión de la crisis bancaria que se avecinaba, el Gobierno alardeó entonces de la fortaleza de la banca española, para cuestionarla de hecho a renglón seguido ofreciéndole cuantiosas e incondicionadas ayudas y, finalmente, un fondo millonario para reflotar las entidades en apuros. A la vez que, sin decirlo, se acabó acordando con la derecha abrir la puerta a la privatización de esos últimos residuos de banca pública que son las cajas de ahorros.
Mayores bandazos si cabe se observaron en los planteamientos de fondo del Gobierno que pasaron, del afán de paliar la crisis aumentado alegremente el gasto público y perdonando impuestos, a recortar con igual alegría gastos y aumentar impuestos. O también, defender a capa y espada el gasto social como antídoto contra la crisis, para cercenarlo después y promover reformas orientadas a rebajar retribuciones y derechos de los trabajadores y abaratar el despido. Ese mismo Gobierno pasó, en suma, de abrazar el keynesianismo a aplicar la ortodoxia liberal, atendiendo supuestas exigencias de la UE –a la sazón presidida por Zapatero– acentuando con ello la recesión y dañando la cohesión, al erosionar salarios y pensiones que se sitúan tan por debajo de la media comunitaria como los de Rumania, Grecia, Portugal…o España. Semejantes bandazos, sin un ápice de autocrítica, provocan el malestar de los trabajadores y perjudican las perspectivas electorales.