Del consejo editorial

La paz como área de investigación

 CARMEN MAGALLÓN 

El Ministerio de Ciencia y Tecnología acaba de presentar el Borrador de Anteproyecto de Ley de la Ciencia y la Tecnología. Aun sin entrar en la valoración global del documento, se percibe en él una preocupación fundamental: que la producción tecnológica del país está por debajo de su capacidad económica. Desde una visión no reduccionista de la actividad investigadora, es el momento de introducir otras carencias en el debate. En particular, la precaria situación de la investigación para la paz en el sistema público investigador.
¿Es la paz un área específica de investigación? Thomas Kuhn, en La estructura de las revoluciones científicas, escribió que en los periodos de ciencia normal, en vez de dedicarse a resolver problemas verdaderamente importantes como el logro de paz en el mundo, la ciencia se dedica a encajar puzzles. Pese al tono desdeñoso de este pensamiento, la resolución de puzzles se ha mostrado fructífera. Pero la comunidad científica sigue sin dedicar los esfuerzos que merece la elaboración de teorías sobre cómo afrontar los conflictos y hacer avanzar una cultura de paz. La Asociación Española de Investigación para la Paz, con 23 miembros, ha crecido por el interés social en el tema, pero los jóvenes investigadores que hay en nuestros centros tienen muy difícil el futuro. Sólo tres centros están ligados a universidades, en Granada, Barcelona y Castellón; ninguno a la red del CSIC.
Se habla, en abstracto, sobre la importancia de la interdisciplinaridad. Pues bien, la investigación para la paz es una concreción clara. Todos pueden aportar su excelencia para un pensamiento que se propone erradicar la violencia. No sólo la violencia directa de las guerras, la violencia de género o el terrorismo. También la violencia estructural de un orden económico y político injusto que está en la base del hambre, la pobreza y la imposibilidad de acceder a remedios para enfermedades curables. Así como la violencia cultural, que desde la religión, la ideología, el lenguaje, el arte, la ciencia y los medios de comunicación aporta legitimidad a las otras violencias.
La Filosofía, con sus reflexiones sobre la realidad, lenguaje y conceptos, ayuda a entender los desencuentros en un plano profundo; la Historia rescata las raíces de la disputa, la relación entre memoria y conflicto, actores y circunstancias; la Psicología, el peso de las actitudes y percepciones, las huellas del dolor, el estilo de liderazgo; la Sociología, la cotidianidad de la convivencia, los roles de personas y grupos, el carácter del poder y la autoridad, los flujos de relación y dinámicas grupales; las Relaciones Internacionales, los conceptos, leyes, normativas y organismos tendentes a guiar la convivencia de los Estados, las variables para regular el flujo de intereses y valores compartidos por la comunidad internacional. Incluso las ciencias experimentales pueden aportar.
El artículo 25 de esta nueva Ley de la Ciencia habla de la
cooperación científica y tecnológica internacional para el desarrollo. En muchos países, el desarrollo está lastrado por la violencia estructural y los conflictos armados. Para ser coherentes, además de tecnología, hay de dar valor y espacio a la investigación para la paz.

Carmen Magallón  es Doctora en Físicas y directora
de la Fundación Seminario
de Investigación para la Paz