Anular (en la cuarta esquina)

No hacía falta que se nos dijera que las denuncias por maltrato habían aumentado; la opinión general ya intuía algo similar, aunque el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial nos haya proporcionado la cifra exacta: un 8%. La presencia del maltrato, de las muertes de niños y mujeres, se ha convertido en una noticia habitual, diaria. Los medios de comunicación detectan el interés de las noticias, se aferran a ellas con patitas ansiosas, y las repiten una y otra vez, hasta que la noticia esporádica se convierte en mascada, y se asume como habitual.
La visibilidad conlleva la toma de conciencia social, y por supuesto, una carga negativa: en un entorno en el que ser mirado conlleva poder, el maltrato (esas manos con alianzas en el anular que se alzan para el golpe, el insulto de la boca iracunda, el empujón contra la pared) se ha denunciado con intenciones aviesas. Vergüenza para quien lo hace, y para quien lo permite, abogados con interés en una ganancia a toda costa, o familia que encubre.

Se intenta timar en todo, como una huella retorcida de identidad nacional: si se investigaran las denuncias falsas en los seguros, el fraude a la Seguridad Social, cualquiera de esos ámbitos de posible beneficio arrojarían cifras de mentiras altísimas. Sería igualmente satisfactorio que la censura social a esos hábitos fuera tan tajante como la del maltrato: no es así porque respecto al maltrato existe alarma social; y, sospecho, porque la inmensa mayoría de las denunciantes son mujeres. Si ha costado años convencer de la razón que tienen las maltratadas sinceras (que eran tachadas de exageradas, o histéricas), esa labor se debilita frente a la actuación de otras denuncias mentirosas.
En esa tradición del engaño se han entroncado las denuncias falsas, menos de las que algunos sectores señalan, pero aun así vergonzosas. La misoginia, y la reafirmación de las creencias anteriores (histéricas, exageradas) actúa rápidamente.