Dentro del laberinto

No nos queda

Con los mitos contemporáneos ocurre lo que con las ediciones revisadas de chucherías que nos hicieron felices de niños: los peta-zetas, que antes destrozaban el interior de la boca, se nos antojan ahora flojitos, el frigopié es algo graso, el drácula puro hielo, los flashes un mejunje asqueroso. Se pasó el tiempo, preferimos el recuerdo, nos cambió el paladar y el gusto.
Mi generación no fue de las que más veneró al Che Guevara. Algún despistado portaba en la carpeta, como si la alternara con el rostro de Kurt Cobain, la famosa foto de mirada perdida y mentón poblado. En el País Vasco se mezclaban con pegatinas de Lemoniz ez, hojitas de marihuana y el pájaro cantor del logo de la ETB1. Conocimos poco de Cuba, salvo el bloqueo y las parodias de los eternos discursos de Fidel. Esclavos de un libro de historia inacabable que llegaba, con un poco de suerte, a la Primera Guerra Mundial, hemos acometido una labor desordenada de recopilación de datos, dimes y diretes, ideología y decepciones de otra generación.
Por lo tanto, algunos jóvenes de derechas denigran ahora al Che, y lo hacen en público, mientras todo un batallón de recreaciones cinematográficas nos lo muestran joven, marchito, en bicicleta, asmático o rencoroso. Hay más fotos que la de Korda. Hay más matices que ese retrato, tan contrastado y difuso.
Sospecho, de todas maneras, que al Che se le pasó el tiempo. Veremos qué nos traen estas arenas lodosas de la crisis y qué actitud frente al dinero y la revolución, pero apostaría a que no quedan ganas de retomar personas reales cuando los mitos funcionan tan bien. A mí el Che nunca me conmovió. Se me desleía en la boca, como las nubes de algodón de azúcar. Debería gustar a todo el mundo, y eso precisamente me lo alejaba. Quienes de verdad aman a los ídolos se equivocan cuando quieren acercarlos a otros. Como el busto de Goethe en El lobo estepario, quienes los amamos creemos poseer el legado de ese personaje, vemos como intrusos a los nuevos, como enemigos a los que discrepan.