Dentro del laberinto

Italiano

El artista italiano Mario Perego ha esculpido una Amy Winehouse agonizante, en el suelo, medio desangrada de un disparo. La reproducción es tan realista como si nos encontráramos en un museo de cera, y convierte de manera definitiva a esa desdichada artista en un mito contemporáneo. En un icono sacrificial, símbolo de autodestrucción, hastío o talento.
¿O no? Digámoslo de otra manera. La galería Half Gallery, de Manhattan, vende por 120.000 dólares una réplica de Amy Winehouse asesinada. Resulta improbable que la venda, aunque cosas peores se han visto en formol, pero la publicidad internacional que ha recibido compensa la boutade, el mal gusto de la obra y la frivolidad con la que se expone. Ha elegido una figura cuestionada, polémica y que absorbe alertas de Google con la misma facilidad que el alcohol y la ha rentabilizado. Una extraña manera de aplicar el fenómeno de las confesiones de las novias de famosos en programas del corazón (la fama por contagio) a la escultura. Perego ha matado a Amy, tanto da.

Una bellísima cúpula de estalactitas cuesta 20 millones de euros. El arte no tiene precio, dijo Moratinos, y mientras tanto, el mercado de antigüedades y de contemporáneo intenta a la desesperada captar mecenas, inversores, que engrosen las vacas flacas. Una no sabe si reír o si llorar ante las justificaciones que se ofrecen para dinamitar lo convencional. No es que el arte no exista: es que el espectador ya no puede distinguir mérito de espectáculo y el paso del tiempo está jubilando tanta escoria que no puede confiarse en la ignorancia presente y en la sabiduría de la posteridad. Miramos lienzos como vacas al tren. El siguiente, por favor. Más extremo. Más salvaje.

Si yo fuera Amy, exigiría derechos de imagen.