Dentro del laberinto

Alemán

Llegan a las islas. Si la crisis les afecta o no, nada sabemos: sabemos, en realidad, muy poco de los cayucos, de las embarcaciones que llegan y de las que se quedan, varadas, en medio de la nada y del agua. En las playas en las que los alemanes y los noruegos buscan el sol, cubiertos por la sal como pescados crujientes, llegan estos seres escapados
de la desgracia.

En estos días no conviene hablar de emigración: los ánimos están exaltados, quienes querían que se fueran gritan mucho, y quienes lo dudaban comienzan a pedirlo. Discretamente, los mismos aviones que traían emigrantes se llevan cada vez a más. Los papeles, antes más livianos, se convierten ahora en grilletes para quienes no los obtuvieron a tiempo. Ni siquiera acciones loables (devolver una cartera con una pequeña fortuna, o defender a una mujer atacada) les permite continuar en esta casa de tierra. Las mujeres a las que pegan, si son ilegales, es posible que encuentren aquí alojamiento si denuncian. Tampoco eso gusta.

Llegan a las islas cuando el invierno se asoma, y el frío amenaza con convertir un simple paseo en una trampa de hielo. A la deriva, como muchas otras veces, una barca se convierte en una carta de amor al futuro. Un paso de esperanza. Lo terrible es permanecer sin movimiento frente al hambre y la miseria. Yo los entiendo. Yo no sería de los que continuaría en mi tierra sin esperanzas. No lo he sido, he escapado a otras regiones, a otros países, cuando no encontraba respuestas en mi tierra, pero soy europea y, cuando he viajado, mi paso era más firme y mi dinero bien aceptado. Pero el miedo en los ojos de quienes los ven venir, el de compartir trabajo y mendrugos de pan... No resulta una posición sencilla para quien debe decidir quién se queda.