Retablo Paumgartner

San Jorge custodia una escena familiar en un panel, San Eustaquio en el otro. Uno, con el pie sobre el dragón, un santo guerrero, galante, liberador de princesas. El otro, un santo cazador, mediador de problemas familiares. Uno mata. El otro, aunque no en el retablo de Durero expuesto en Munich, inquietante y un tanto desolador, en el que figura bajo los rasgos de un patrono, es víctima de la tortura.

El domingo pasado, las víctimas de los accidentes de tráfico se reunieron para celebrar avances y lamentar el dolor y la pérdida.

Resulta muy dificultoso afrontar esas muestras de pena para quienes no han sufrido desgracias similares. No se comprenden, ¿qué piden? ¿no se llama, por algo, accidente? Se mira a otro lado.

Ayer me encontré con una antigua alumna que tomó parte en esos actos, la madre de una muchacha a la que mató un imprudente. Durante años han dedicado gran parte de sus energías a conseguir que acabara entre rejas. Lo han conseguido. Ahora, me contaba ella, se ha producido un vacío en sus objetivos. La justicia no apacigua el pasado, ni borra la pérdida. Ese hombre, que intentó evitar su responsabilidad, que ha jugado a escaparse, va a pagar con una pena que no alcanza a enjugar el dolor de la pérdida de esa hija única. San Jorge, ese luchador de causas perdidas, da paso lentamente al más suave, más melancólico San Eustaquio. A la Familia Sagrada le han arrebatado al niño.

La muerte no resulta nunca casual. Un responsable ajeno no es sino un asesino a distancia: las negligencias médicas, los frenazos tardíos provocados por el alcohol, la despreocupación ante un niño y una ventana abierta. Un dragón metálico se llevó a la princesa de mi amiga y nadie estaba alerta, ningún santo, para liberarla de sus cadenas.