Dentro del laberinto

El caballero, la muerte y el diablo

Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa...
Allá al fondo está el muchacho joven que no regresará a otra fiesta, al que recuerdan las amigas de faldas tableadas y los chicos que pudieron ser él, pudieron ser él y no lo defendieron. Ahora cerrarán la discoteca, pero qué más da. Ese pobre niño ha muerto, la madre del asesino lo defenderá como a una bellísima persona, una licencia se colará por fin entre el papeleo.

Allá al fondo están los niños de barriga hinchada que agonizan de hambre en ese polvorín inquieto que es África, las víctimas involuntarias de quienes en las costas de Somalia han decidido hacerse a la mar y asaltar barcos, porque no hay esperanza en tierra, y han aprendido demasiado de guerras en todas las circunstancias.
Allá al fondo, en las novelas, en los grabados, intentan prepararnos para ese trance. El caballero camina sereno, sobre un caballo musculoso y pausado, y allá está ella, disputando con el diablo por su alma. Durero colocó un perro a sus pies, como la esperanza última de la lealtad y el amor casi filial. Cabalgan, a saber dónde, y saber quién vence.
Allá al fondo la niña Hanna, con el corazón prestado que rechaza antes de conocer, con el pasado de dolor y el futuro de tumba.

Allá al fondo están los datos sobre un papel, los diagnósticos, los porcentajes, la inocente espera de quien, en apenas unas horas, sabrá que su vida habrá cambiado para siempre, porque no hay nada seguro, y los placeres que hasta entonces llenaban las horas ya no cuentan, ya no sirven, porque el cuerpo se ha vuelto loco y es capaz de matar, de morir. Dos cifras, un dolor insignificante y eso es todo.

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo.

No tenga miedo.