Dentro del laberinto

Orzuelo

Quitan ahora los signos religiosos de un colegio laico: así debe ser. Los símbolos son poderosos, y con deseo de poder se emplean.Crecí bajo la mirada enloquecida de dolor de un Cristo crucificado sobre la pizarra y la dulce expresión de la Virgen Milagrosa en la esquina de la izquierda. No había retrato del rey salvo en la sala de profesores, pero era un colegio religioso en el País Vasco, y en aquellos años a nadie le extrañaba ni protestaba por las cosas obvias.

Entre aquel hombre torturado, cuya sangre de bronce goteaba sobre nosotras, y la jovencita de blanco, azul y estrellas, elegí la religión que simbolizaba la Virgen. Jesús estaba demasiado ocupado –era el hijo del jefe– para atenderme. Su madre era el atajo para conseguir algo; a ella, por mucho que sufriera, podía entendérsela. Había perdido un hijo, se lo habían matado ante sus ojos. Jesús, en cambio, orría de manera inexplicable a n sacrificio por toda la humanidad, sacrificio que, por mi parte, le hubiera ahorrado. Aún sin saber cómo se estaba antes, yo no me sentía particularmente salvada.

Crecí por lo tanto sin cuestionarme demasiado si había otras opciones o no y con una vaga lástima por quienes no llevaban bonitas flores en mayo al rincón de la izquierda, o celebraban un triduo en noviembre: las confesiones generales limpiaban de culpa mi interior y me hacían sentir ligera y perdonada. Se mantenía un oasis que sólo se conmocionaba con la elección de la representante de la Virgen en cada celebración.

Por mucho que ahora me comparen con sus cuadros, nunca fui elegida: no era rubia. Luego perdí la fe. Esa es otra historia. No me hicieron daño aquellos ímbolos, me enriquecieron, me calmaron. Pero era otra religión, y eran otros tiempos.