Dentro del laberinto

Parpadeo

La economía que nos explican a quienes poco sabemos de esto es economía para tontos. Quizás la que yo personalmente me merezca, pero muy inferior a la que desearía entender. Los coches, esos elementos contaminantes, innecesarios con un buen sistema de transporte público, esos que abarrotan las salidas de las ciudades a razón de uno por habitante, han descendido en ventas, y eso acrecienta la crisis. Las casas, esas paredes sobrevaloradísimas, tumefactas a fuerza de especulación, mantienen sus cartelitos durante meses, y eso da al traste con toda medida prevista. Si el ciudadano ahorra, supone un problema. Pero no tiene con qué gastar: se lo impiden los precios y el miedo.

En esa economía alienígena, en la que nadie habla por los pequeños empresarios, los autónomos, los que trabajan a destajo y procuran no quejarse en exceso, porque a la caprichosa suerte se la ofende enseguida, se introduce una variante bastante absurda: la Navidad. O, mejor dicho, los síntomas externos de que el síndrome navideño se extiende. Luces, cabalgatas, compras, cenas y regalos tienen poco que ver con otra cosa que no sea el consumo. Pero el consumo se encuentra herido, esquizofrénico, y no sabemos ya si animarlo o rematarlo.

Y me pregunto qué necesidad hay de que las ciudades se hayan llenado de cables en noviembre, y comiencen a iluminarse casi un mes antes del día que ha celebrado el nacimiento de un dios. Por qué, en un momento como éste, nos empeñamos en anticipar la Navidad como si las vacas gordas atestaran las calles. Por qué, en lugar de educarnos a los tontos, que antes o después tendremos la culpa de todo, y si no, al tiempo, nos deslumbran con lucecitas, con lazos, con chucherías, como a nativos que parpadean ante los trucos fáciles.