Dentro del laberinto

Estocolmo

Esa mujer que no aparenta un elevado nivel cultural, ni económico, esa mujer con forro polar azul marino, recortada sobre el húmedo muro de su casa de Mourente, habla con una serenidad contundente que avergüenza: ha salvado la vida por una casualidad, o de otro modo no escucharíamos sus palabras, tan claras y descriptivas que suponen, de nuevo, una bofetada en el rostro ya acostumbrado a la violencia de la sociedad.
La pulsera electrónica no se activó. Le hubiera importado poco, al asesino. De la mujer a la que mató, su compañera actual, y de los dos vecinos contra los que cargó, no tenía orden de alejamiento. Mató por matar, con una saña que no redimirán penas, ni terapias, ni castración. Cómo esa pobre novia de 57 años pudo mantenerse leal a su asesino, cómo no vio llegar ni intuyó esa violencia, que sólo se explica por el Síndrome de Estocolmo que estas personas originan y la capacidad para convertir, como Circe, a los humanos en animales dóciles.
Odiaba a su primera mujer, esa mujer de cabello corto que pide ayuda a los políticos, que pregunta, otra vez más, cuántas mujeres deben morir antes de que se creen leyes efectivas, esa mujer que apela a los hijos que también sufren, asumiendo que las mujeres importan poco, o menos de lo que deberían. La odiaba a ella, pero mató a la segunda, a la que había alejado ya de amigos y de familia, incluso desde la cárcel. Odiaba por odiar, a quien fuera, a quien había denunciado, a quien le protegía, a sus hijos, a todos los que no fueran él.
Pero salió de permiso.
Esa mujer de acento gallego que se libró de la muerte, precisamente por acudir a una matanza, debería convertirse en un símbolo, aunque fuera por breve tiempo, por un instante. Es la que ha sobrevivido, la que denuncia.