Dentro del laberinto

Barcelona

Acaban de revisarme el gas y la caldera. Literalmente. Hace dos minutos salía por la puerta el amable técnico, y yo he pagado con unción religiosa la cuota que me protege de escapes y explosiones y que mantiene mis paredes unidas y mi techo en su lugar.
Por mi parte, he reforzado la creencia de que las mujeres tenemos poca cosa más que hacer que aguardar por quien reparará nuestras casas o quien traerá encargos, compras o certificados: por dos mañanas he adaptado mis planes de trabajo, y, entre ojeadas al reloj y paseos nerviosos de la ventana a la cocina, he contado los minutos. Los que poseen realmente el poder no indican cuándo llegarán y, si lo hacen, mienten. De hecho, mi técnico acudió con 22 horas de retraso.
Me asusta el olor a gas, esa sensación acre, lacrimógena, que invade la garganta. Por lo tanto, insisto con cierta frecuencia en que los inspectores revisen cuando les corresponde, miro la caldera como ese corazón que late con calma, encerrado tras su lata de envoltorio.
Y entonces, las imágenes de la explosión de Gavá hablan de esas paredes que no se han mantenido, del techo hundido, de heridos, del espanto de quienes se tranquilizaron ayer porque alguien de los poderosos, de los que saben, afirmó que no había ni escapes de gas ni peligros. El edificio, con las tripas fuera, muestra ahora, como una casa de muñecas, una sección vertical de lo que fue la existencia cotidiana: los rasgones de papel de pared, los azulejos temblorosos, la cortinas en una ventana que ya no oculta nada. Les dijeron que no olía a gas, que todo estaba en orden. Y yo miro mi caldera, miro su certificado, y sólo siento horror, la infinita compasión por los heridos y la fragilidad con la que nos ata la vida a su hilo.