Dentro del laberinto

Memento

Indican las noticias, en el caso de los quemados, el porcentaje de las heridas que cubren ese pobre cuerpo lacerado, y con la misma malsana curiosidad que nos hace arrancarnos las postillas de las cicatrices frescas, leemos que varios de los heridos en la explosión de Gavá han muerto. Han ido falleciendo tras el traslado, a veces precario, de los familiares que los trasladaron como pudieron, tras escarbar en esa casa tambaleante. Una de esas víctimas era una muchacha con el 95% de su cuerpo quemado.
Las absurdas quemaduras que se producen por contacto con una sartén caliente, la lengua abrasada, la cerilla mantenida demasiado tiempo, apenas dan idea del horrible dolor que han podido soportar esas dos personas. Quizás las quemaduras solares, esos días de fiebre y escalofríos, calenturas en los labios y un escalofrío doloroso con tan sólo cambiar de posición. Quizás multiplicado por cien, por mil, eso sea morir quemado.
La muerte y el dolor se han ficcionalizado. Como los reyes magos, como el ratoncito Pérez, no existen del todo. Si están ellos, no estamos nosotros. Si estamos, no cabe la posibilidad de que ellos acudan. El dolor nunca tuvo rostro. La muerte sí, un esqueleto casi sonriente, con una guadaña aferrada entre los dedos huesudos. El coco, el hombre del saco, resultan igualmente increíbles, un miedo de infancia que ha cristalizado.
Pero ese fallecimiento, el de la vida tranquila que de pronto, en un instante, se interrumpe y se transforma en un increíble dolor, lo hemos arrancando de la mente y la realidad. El hincapié constante en el placer han convertido en lejana nuestra única certeza. El dolor que vemos, el de los padres e hijos llorando, se hace más entendible. El de quien se ha ido, ojalá nunca lo sintamos.